miércoles, 9 de noviembre de 2016

De los cuatro grados de la vida cristiana...- La Nube del No-Saber, Anónimo del siglo XIV.


Mi querido amigo: quisiera comunicarte cuanto he observado sobre la vida cristiana. En general, esta parece avanzar a través de cuatro etapas de crecimiento que yo llamo la común, la especial, la singular y la perfecta. Las tres primeras pueden iniciarse y mantenerse en esta vida mortal, pero la cuarta, aunque iniciada aquí, continuará sin fin hasta la alegría de la eternidad. ¿Te das cuenta de que he colocado estas etapas dentro de un orden concreto? Lo he hecho porque creo que nuestro Señor en su gran misericordia te está llamando a avanzar siguiendo sus pasos. Descubro la llamada que te hace en el deseo hacia él, que arde en tu corazón.

Tú sabes que durante un tiempo vivías la forma común de la vida cristiana en una existencia mundana y rutinaria con tus amigos. Pero creo que el amor eterno de Dios, que te creó de la nada y te redimió de la maldición de Adán por medio del sacrificio de su sangre, no podía consentir que vivieras una vida tan común alejada de él.

De este modo, con delicadeza exquisita, despertó el deseo dentro de ti y, atándolo rápidamente con la rienda del ansia amorosa, te atrajo más cerca de él, con esa manera de vivir que he llamado especial. Te llamó a ser su amigo y, en compañía de sus amigos, aprendiste a vivir la vida interior con más perfección de lo que era posible en la vida común u ordinaria.

¿Hay algo más? Sí, pues creo que, desde el principio, el amor de Dios por ti fue tan grande que su corazón no pudo quedar ni tan siquiera satisfecho con esto. ¿Qué hizo? ¿No ves con qué amabilidad y suavidad te ha traído a la tercera vía, la vida singular? Sí, ahora vives en el centro más profundo y solitario de tu ser aprendiendo a dirigir tu ardiente deseo hacia la forma más alta y definitiva de amor que he llamado perfecta.

Cap. 1

lunes, 7 de noviembre de 2016

La vía del Corazón según Louis-Claude de Saint-Martin (1743 - 1803)


La única iniciación que predico y que busco con todo el ardor de mi alma es aquella por la que podemos penetrar en el corazón de Dios, y hacer entrar el corazón de Dios en nosotros, para hacer un matrimonio indisoluble que nos haga el amigo, el hermano y la esposa de nuestro Divino Reparador. No hay otro medio para llegar a esta santa iniciación que el de sumergirse, cada vez más, hasta las profundidades de nuestro ser y de no retroceder hasta que no hayamos alcanzado a obtener la viva y vivificante raíz, porque entonces todos los frutos que tendremos que llevar, según nuestra especie, se producirán naturalmente en nosotros y fuera de nosotros, tal como vemos que ocurre para nuestros árboles terrestres, porque están adheridos a su raíz particular, de la que no dejan de bombear la savia. Este es el lenguaje con el que os he escrito en todas mis cartas y, seguramente, cuando esté en vuestra presencia, no podré comunicaros misterio más amplio y más propio que el que os avanzo. Y tal es la ventaja de esta preciosa verdad, que se la puede hacer correr de un extremo al otro del mundo y hacerla resonar en todos los oídos, sin que los que pudiesen escucharla puedan obtener otro resultado que no fuera sacarle provecho, o dejarla ahí, sin embargo, sin excluir los desarrollos que podrían nacer en nuestras entrevistas y nuestras conversaciones, pero de los cuales estáis ya tan abundantemente provisto por nuestra correspondencia, y todavía más por los minuciosos tesoros de nuestro amigo B [Böhme] que, en conciencia, no puedo creerle en la escasez, y que temeré todavía menos para usted en el futuro, si quisierais poner de relieve vuestros excelentes fundamentos. Es, con este mismo espíritu que os contestaré sobre los diferentes puntos que me invitáis a aclarar en mis nuevas empresas. La mayoría de estos puntos son relativos a estas iniciaciones por las cuales he pasado en mi primera escuela, y que he dejado desde hace tiempo para dedicarme a la única iniciación que sea realmente según mi corazón. Si he comentado estos puntos en mis antiguos escritos, fue en el ardor de esa juventud, y por el imperio que cogió sobre mí la costumbre diaria de verlos tratar y preconizar por mis maestros y mis compañeros.

Pero hoy en día podré, menos que nunca, llevar a alguien lejos sobre algún asunto, cuando yo me desvío de él cada vez más; además, no sería de casi ninguna utilidad para el público, el cual, en efecto, en simples escritos, no podría recibir sobre aquello suficientes luces, y además no tendría ningún guía para dirigirle: estos tipos de claridades deben pertenecer a aquellos que son llamados a usarlas por orden de Dios, y para la manifestación de su gloria, y cuando son llamados de esta manera no hay que preocuparse acerca de su instrucción, porque reciben entonces sin ninguna dificultad y sin ninguna oscuridad mil veces más nociones, y nociones mil veces más seguras que las que un simple aficionado como yo pudiese darles sobre estos fundamentos. Querer hablar de ello a otros, y sobre todo al público, es querer estimular en balde una vana curiosidad, y querer trabajar más bien por la gloria del escritor que por la utilidad del lector; ahora bien, si me equivoqué en este sentido en mis escritos, me equivocaría todavía más si quisiera persistir en caminar con este mismo pie: así mis nuevos escritos hablarán mucho de esta iniciación central, la cual, a través de nuestra unión con Dios, puede enseñarnos todo lo que debemos saber, y muy poco de la anatomía descriptiva de estos delicados puntos sobre los cuales desearíais que llevara mis miradas, y los cuales no debemos tener en cuenta más que porque se encuentran incluidos en nuestra circunscripción y en nuestra administración.

Os diré que en las generaciones espirituales de todo género, este efecto os debe parecer natural y posible puesto que las imágenes que tienen relaciones con sus modelos deben siempre tender a acercarse a él. Es por esta vía que se dirigen todas las operaciones teúrgicas, o se emplean los nombres de los espíritus, sus signos, sus caracteres, todas las cosas que, pudiendo ser dadas por ellos, pueden tener relaciones con ellos; por ahí caminaban los sacrificios levíticos; por ahí, sobre todo, debe caminar la ley de nuestra iniciación central y divina, por la cual, presentándola a Dios tan pura como podamos, el alma que nos ha dado y que es su imagen, debemos atraer el modelo sobre nosotros y formar así la unión más sublime que jamás haya podido hacer ninguna teúrgia ni ninguna ceremonia misteriosa que llenan todas las demás iniciaciones. En cuanto a su pregunta sobre el aspecto de la luz o de la llama elemental para obtener las virtudes que le sirven de camino, debéis ver que entran absolutamente en lo teúrgico, y en lo teúrgico que emplea la naturaleza elemental, y como tal, la creo inútil y extraña a nuestro verdadero teurgismo, donde no se necesita más llama que nuestro deseo, ni más luz que la de nuestra pureza. Esto no prohíbe sin embargo los conocimientos muy profundos que podéis encontrar en B. [Böhme] acerca del fuego y sus correspondencias; hay tema para sacar provecho de vuestras especulaciones; los conocimientos más activos sobre este punto deben nacer en las operaciones espirituales sobre los elementos; y con esto, no tengo más que añadir”.

Extracto de su Carta a Kirchberger, 19 de Junio de 1797.

"Cuando el fuego del corazón haya inflamado mi corazón y haya quemado mis ríñones, cuando los hombres de Dios hayan preparado todos los sentidos de mi alma, cuando el óleo santo haya realizado mi consagración exterior e interior, entonces entrará en mí el Señor y se paseará dentro de mí, igual que paseaba en otro tiempo por el jardín del Edén. Oiré a mi Dios, veré a mi Dios, comprenderé a mi Dios y sentiré a mi Dios. Él allanará los caminos por donde quiera hacer que camine su sabiduría, dispondrá mi corazón para poder morar en él como en un lugar de reposo y, cuando yo quiera alimentarme con las dulzuras de la virtud, con el imperio de las fuerzas y los poderes y con la deliciosa contemplación de la luz, tendré en cuenta al habitante celeste que morará en mí y Él, a su vez, me proporcionará todos estos bienes". 

El Hombre Nuevo, epígrafe 49.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Desarrollo de las fuerzas humanas.- Karl von Eckartshausen (1752-1803)


Cuantos más órganos tiene un cuerpo para la percepción, desarrollo y propagación de diversas influencias, más rica y perfecta es su existencia, pues hay más capacidad vital.

Hay algunas fuerzas que duermen en nosotros para las que no tenemos órganos y que, por consiguiente, no pueden actuar.

Estas fuerzas durmientes pueden ser despertadas, es decir, que podemos organizarnos de modo que estas fuerzas se vuelvan activas en nosotros.

Un órgano es una forma en la que actúa una fuerza, y toda forma se compone dirigiendo sus partes hacia la fuerza actuante.  

Organizarse para la acción de una fuerza significa, simplemente, dar a las partes una forma o situación determinada para que la fuerza pueda actuar en ellas. En esto consiste la organización.

Ahora bien, así como la luz no existe, en realidad, para el hombre que carece del órgano adecuado, de ojos para la luz, mientras que los que tienen este órgano gozan de ella, así muchos hombres no pueden gozar de lo que otros sí pueden. Quiero decir que un hombre puede estar organizado de tal modo que sienta, oiga, guste y vea cosas que otro no puede sentir, oír, gustar, ni ver, porque le falta el órgano adecuado.

En este caso, todas las explicaciones serían inútiles, pues uno mezclaría siempre las ideas recibidas a través de su órgano particular con las ideas del otro. Sólo se puede gustar y comprender algo en la medida que contacta con nuestras propias sensaciones.

Del mismo modo que recibimos todas nuestras ideas a través de los sentidos y que todas las operaciones de nuestra razón son abstracciones de impresiones sensibles, existen muchas cosas de las que no nos podemos hacer una idea porque carecemos de su sensación. Sólo aquello para lo que tenemos un órgano se vuelve sensible para nosotros.

Parece, pues, quedar demostrado que los hombres organizados para el desarrollo de las fuerzas superiores, sólo pueden dar una idea muy vaga de la verdad superior a los que no están organizados para ello. 

Así pues, todos nuestros escritos y discusiones sirven de poco. Los hombres deben, primeramente, organizarse para la percepción de la verdad.

Aunque escribiéramos para los ciegos folios enteros sobre la luz, estos no la verían mejor. Primero les hemos de dar el órgano de la vista.

Ahora, la pregunta es: ¿En qué consiste el órgano de percepción de la verdad? ¿Qué hace al hombre capaz de recibirla? 

Respondo: La simplicidad del corazón. Pues la simplicidad sitúa al corazón en una posición adecuada para recibir, con pureza, el rayo de la razón, que organiza el corazón para recibir la Luz.

La Nube sobre el santuario


jueves, 3 de noviembre de 2016

Jesucristo es el Sol espiritual.- Karl von Eckartshausen (1752-1803)


Si tu ojo fuera simple, resplandecería todo tu cuerpo” 
(Lc 11:34)


El ojo interior del hombre es la razón, “potentia hominis intellectiva mens”.

Si este ojo interior es iluminado por la luz divina, se convierte en el verdadero sol interior por el que conocemos todos los objetos.

Mientras la luz divina no ilumina este ojo, nuestro interior vive en las tinieblas. La aurora de nuestro interior comienza cuando esta luz se levanta.

El sol del alma ilumina nuestro mundo intelectual, como el sol exterior ilumina el mundo exterior.

Así como a la salida del sol exterior los objetos del mundo sensible se hacen poco a poco visibles, a la salida del sol espiritual los objetos intelectuales del mundo espiritual o razonable llegan a nuestro conocimiento.

Así como la luz exterior ilumina el camino de nuestra peregrinación, la luz interior nos ilumina la vía de la salvación. 

Pero, así como el ojo exterior del hombre está expuesto a diferentes peligros, el ojo interior también lo está.

El ojo interior debe conservarse sano, puro e inalterable; entonces, como el ojo exterior, podrá elevarse hacia el cielo. Del mismo modo que el ojo exterior puede mirar el firmamento, las estrellas y el sol, también el ojo interior puede ver todo el cielo, los ángeles y a Dios mismo, tal como está escrito: 

Sellada está sobre nosotros la luz de tu rostro” (Salmos 4:7). 

Haré pasar todo mi bien delante de tu rostro” (Éxodo 33:19).

¡Qué grande es el destino del hombre interior!

Su espíritu puede elevarse hasta los ángeles y las inteligencias supraangélicas, puede llegar hasta el trono de la divinidad y ver en sí mismo todas las magnificencias del mundo divino, espiritual y físico. “Aparta tu ojo, que no vea la vanidad” .

Retira tu alma, tu ojo interior, de todo lo que no sea Dios, ciérralo a la noche del error y del prejuicio, y no lo abras más que al Sol del mundo espiritual.

Jesuscristo es el Sol espiritual. Así como el sol exterior posee luz y calor, y lo vuelve todo visible y fructificante, este Sol interior hace que todo sea susceptible de ser conocido en el espíritu y activo en el corazón; pues la sabiduría y el amor son sus fuerzas, y la razón y la voluntad del hombre sus órganos. Él perfecciona nuestros poderes con la sabiduría y nuestra voluntad con el amor.

La Nube sobre el Santuario



sábado, 22 de octubre de 2016

De ciertos signos por los que el hombre puede saber si Dios le llama o no a la contemplación. La Nube del No-Saber, Anónimo del siglo XIV.


En primer lugar, examínese el hombre a sí mismo y vea si ha hecho todo lo que está en su poder para purificar su conciencia de pecado deliberado […]. Si está satisfecho de su labor, todo va bien. Pero, para estar más seguro, examine si le atrae más la simple oración contemplativa que cualquier otra devoción espiritual. Y entonces, si su conciencia no le deja en paz en ninguna obra, tanto exterior como interior, hasta que hace de este secreto y pequeño amor dirigido a la nube del no-saber su principal preocupación, es señal de que Dios le llama a esta actividad. Pero si faltan estos signos, te aseguro que no llama.

No digo que todos los llamados a la contemplación vayan a sentir el impulso del amor de una forma continua y permanente desde el principio, pues no es este el caso. De hecho, el joven aprendiz de contemplativo puede dejar de experimentarlo completamente por diversas razones. A veces Dios puede quitarlo con el fin de que no comience a presumir que es cosa suya, o que lo puede controlar a voluntad. Semejante presunción es orgullo. 

Siempre que se retira la sensación de la gracia, la causa es el orgullo. Pero no necesariamente porque uno haya cedido al orgullo, sino porque si esta gracia no se retirara de cuando en cuando, el orgullo echaría ciertamente raíces. Dios en su misericordia protege al contemplativo en este camino, aunque algunos neófitos insensatos lleguen a pensar que se ha convertido en su enemigo. No aciertan a ver cuán verdadera es su amistad. Otras veces Dios puede retirar su don cuando el joven aprendiz avanza despreocupado y comienza a considerarlo como algo natural. Si esto sucede, se verá muy probablemente abrumado por amargas congojas y remordimientos. Pero ocasionalmente nuestro Señor puede diferir su devolución, de manera que habiendo sido perdido y encontrado de nuevo pueda ser más hondamente apreciado.

Uno de los signos más claros y ciertos por los que una persona puede saber si ha sido llamada a esta actividad es la actitud que detecta en sí cuando ha vuelto a encontrar el don perdido de la gracia. Pues, si después de una larga demora e incapacidad para ejercer esta actividad, siente que su deseo hacia ella se renueva con mayor pasión y un anhelo más profundo de amor -tanto más si (como pienso a menudo) el dolor que sintió por su pérdida le parece como nada al lado de su alegría por haberlo encontrado de nuevo-, no tema equivocarse al creer que Dios le llama a la contemplación, sin tener en cuenta la clase de persona que es ahora o ha sido en el pasado. Dios no ve con sus ojos misericordiosos lo que eres ni lo que has sido, sino lo que deseas ser. San Gregorio declara que «todos los santos deseos se elevan en intensidad con la demora de su cumplimiento, y el deseo que se desvanece con la demora nunca fue santo». Pues si un hombre experimenta cada vez menos alegría cuando descubre nuevamente la súbita presencia de los grandes deseos que había abrigado anteriormente, esto es señal de que su primer deseo no era santo. Sintió posiblemente una tendencia natural hacia el bien, pero esta no ha de confundirse con el deseo santo. San Agustín explica lo que quiero decir con deseo santo, cuando afirma que «la vida entera del buen cristiano es un santo deseo».

Cap. 75

Del abandono y de la posesión de Dios.- Maestro Eckhart (1.260 - 1.328)


"Aquél que es tal como debe ser, en verdad se encuentra bien en todas partes y con todas las demás personas. Pero aquél que no es tal como debe ser no se encuentra bien en ninguna parte ni entre los otros. Mas aquél que es tal como debe ser tiene a Dios, en verdad, junto a sí; y aquél que posee a Dios, en verdad, lo posee en todo lugar, en la calle y en la compañía de quien quiera que fuese del mismo modo que en la iglesia, en la soledad o en su celda. Si lo posee verdaderamente, y sólo a él, nada puede estorbarlo.

[…] Porque en la medida en que estás en Dios, estás en paz. En la medida en que estás lejos de Dios, no estás en paz. Tanto en Dios, tanto en paz. Hasta qué punto estás en Dios o no lo estás, reconócelo por el hecho de tener paz o no tenerla. Si no tienes paz, ello significa, necesariamente, que no estás en Dios, porque la ausencia de paz viene de la criatura, no de Dios. Del mismo modo, no hay en Dios nada que temer: todo lo que está en Dios no puede más que ser amado. Del mismo modo no hay nada de él que pueda producir tristeza.

[…] Y del mismo modo que ninguna multiplicidad puede distraer a Dios, así nada puede distraer ni dispersar a este hombre, y él es uno en el Uno en quien toda multiplicidad es una no-multiplicidad.

[…] Pero aquél en que Dios no habita verdaderamente, que debe buscar a Dios en lo exterior, en esto y en aquello, que busca a Dios en la diversidad, en las obras o en las personas o en los lugares, no posee a Dios.

[…] Esta verdadera posesión de Dios se sitúa en el espíritu, en la intención interior y espiritual dirigida hacia Dios, no en un pensamiento continuo y siempre semejante porque esto le sería imposible o muy difícil a la naturaleza y no sería tampoco lo mejor. El hombre no debe contentarse con un Dios que él piensa, porque cuando el pensamiento se desvanece, Dios se desvanece también. Bien por el contrario, se debe poseer a un Dios en su esencia, muy por encima de los pensamientos del hombre y de toda criatura. Este Dios no se desvanece, a menos que el hombre se aparte voluntariamente de él. 

Quien posee así a Dios en su esencia capta a Dios según el modo de Dios. Para él Dios resplandece en todas las cosas. Todas las cosas tienen para él el gusto de Dios. Él ve su imagen en todas las cosas. En él brilla Dios en todo tiempo. En él se realiza una separación y un abandono de todo y la imagen de su Dios, bienamado y presente, se imprime en él. […] Este hombre no busca el reposo, porque ninguna inquietud lo agita".

Instrucciones espirituales


La Iglesia de dimensión secreta y celeste.- Jean-Marc Vivenza


“El cristianismo se establece sobre el reencuentro íntimo entre Dios y el alma, es la experiencia concreta sutil y silenciosa de la Presencia divina en lo íntimo de la criatura, en tanto que la religión depende de una exterioridad conforme a las leyes de este mundo condenada al tiempo y al espacio, solo reposa sobre el oficio ceremonial de la eucaristía, forma aparente del santo sacrificio, mientras que el Divino Reparador se da a cada uno de sus elegidos mucho más sustancialmente en lo interno, en  un acto sagrado de inmolación no ostensible de su cuerpo y de su sangre, haciendo que las sagradas especies que ha prometido a sus discípulos pidiéndoles su conmemoración, sean conferida de forma totalmente espiritual”.  

[…]

“No hay pues rechazo a lo que representa la Iglesia en su estado fundamental en el pensamiento de Saint-Martin, sino acceso, apertura y devoción hacia una Iglesia de dimensión secreta y de naturaleza celeste, la santa esposa de Cristo, aquella que permanece unida en tanto que cuerpo místico a la persona misma del Divino Reparador, pero de forma íntima”.

“La Iglesia y el sacerdocio según Louis-Claude de Saint-Martin”