domingo, 26 de junio de 2016

Diferencia entre el hombre exterior y el interior.- Miguel de Molinos (1628-1696)


1. Hay dos maneras de espirituales personas, unas interiores y exteriores otras. Estas buscan a Dios por afuera, por el discurso, imaginación y consideración. Procuran con gran conato para alcanzar las virtudes muchas abstinencias, maceración de cuerpo y mortificación de los sentidos. Se entregan a la rigurosa penitencia, se visten de cilicios, castigan la carne con disciplinas, procuran el silencio y llevan la presencia de Dios, formándole presente en su idea o imaginación, ya como pastor, ya como médico, ya como amoroso padre y señor. Se deleitan de hablar continuamente de Dios, haciendo muy de ordinario fervorosos actos de amor. Todo lo cual es arte y meditación.

2. Por este camino desean ser grandes, y a fuerza de voluntarias y exteriores mortificaciones van en busca de los sensibles afectos y fervorosos sentimientos, pareciéndoles que sólo cuando los tienen reside Dios en ellos.

3. Este es camino exterior y de principiantes, y aunque es bueno no se llegará por él a la perfección, ni aun se dará un paso, como lo manifiesta la experiencia en muchos que después de cincuenta años de este exterior ejercicio se hallan vacíos de Dios y llenos de sí mismos, y sólo tienen de espirituales el nombre.

4. Hay otros espirituales verdaderos que han pasado por los principios del interior camino, que es el que conduce a la perfección y unión con Dios, al que los llamó el Señor por su infinita misericordia de aquel exterior camino en que se ejercitaron primero. Estos, recogidos en lo interior de sus almas, con verdadera entrega en las divinas manos, con olvido y total desnudez, aun de sí mismos, van siempre con levantado espíritu en la presencia del Señor, por fe pura, sin imagen, forma ni figura, pero con gran seguridad fundada en la interior tranquilidad y sosiego, en cuyo infuso recogimiento tira el espíritu con tanta fuerza, que hace recoger allá dentro el alma, el corazón, el cuerpo y todas las corporales fuerzas.

5. Estas almas, como han pasado ya por la interior mortificación y Dios las ha purgado con el fuego de la tribulación, con infinitos y horribles tormentos, recetados todos de su mano y a su modo, son señoras de sí mismas porque en todo se han vencido y negado, y así viven con gran sosiego y paz interior. Y aunque en muchas ocasiones sienten repugnancia y tentaciones, salen presto vencedoras, porque como ya son almas probadas y dotadas de la divina fortaleza, no pueden durar los movimientos de las pasiones. Y si bien pueden perseverar por largo tiempo las vehementes tentaciones y penosas sugestiones del enemigo, quedan todas vencidas con infinita ganancia, porque ya es Dios el que dentro de ellas pelea.

6. Han alcanzado ya estas almas una gran luz y conocimiento verdadero de Cristo Señor nuestro, así de la divinidad como de la humanidad. Ejercitan este infuso conocimiento con silencio quieto, en el interior retiro y parte superior de sus almas, con un espíritu libre de imágenes y exteriores representaciones, y con un amor puro y desnudo de todas las criaturas. Se levantan, aun de las acciones exteriores, al amor de la humanidad y divinidad. Tanto cuanto conocen aman, y tanto cuanto gozan se olvidan, y en todo experimentan que aman a su Dios con todo su corazón y espíritu.

7. Estas felices y elevadas almas no se alegran de nada del mundo, sino del desprecio y de verse solas, y que todos las dejen y olviden. Viven tan desapegadas que aunque reciben continuamente muchas gracias sobrenaturales, no se mudan ni se inclinan a ellas más que si no las recibieran, conservando siempre en lo íntimo del corazón una grande bajeza y desprecio de sí mismas, humilladas siempre en el abismo de su indignidad y vileza.

8. Del mismo modo se están quietas, serenas y con igualdad de ánimo en las glorias y favores extraordinarios, como en los más rigurosos y acerbos tormentos. No hay nueva que las alegre ni suceso que las entristezca. Las tribulaciones no las perturban, ni la interior, continua y divina comunicación las desvanece, quedando siempre llenas del santo y filial temor en una maravillosa paz, confianza y serenidad.

9. En el exterior camino procuran hacer continuos actos de todas las virtudes, una después de la otra, para llegar a conseguirlas. Pretenden purgar las imperfecciones con industrias proporcionadas a su destrucción. Los apegos procuran desarraigarlos de uno en uno con diferencia y opuesto ejercicio; pero nada llegan a conseguir por mucho que se cansan, porque nosotros nada podemos hacer que no sea imperfección y miseria.

10. Pero en el interior Camino y recogimiento amoroso en la divina presencia, como es el Señor el que obra, se establece la virtud, se desarraigan los apegos, se destruyen las imperfecciones y se arrancan las pasiones, y el alma se halla libre y desapegada, cuando se ofrecen las ocasiones, sin haber jamás pensado el bien que Dios por su infinita misericordia la tenía preparado.

11. Has de saber que estas almas, aunque tan perfectas, como tienen luz verdadera de Dios, con esa luz misma conocen profundamente sus miserias, flaquezas e imperfecciones, y lo mucho que les falta para llegar a la perfección a que caminan; se descontentan y aborrecen a sí mismas, y se ejercitan en amoroso temor de Dios y propio desprecio, pero con una verdadera esperanza en Dios y desconfianza de sí mismas.

12. Tanto cuanto se humillan con el verdadero desprecio y propio conocimiento, tanto más agradan a Dios y llegan a estar con singular respeto y veneración en su presencia.

13. Todas las buenas obras que hacen y lo que continuamente padecen, así en lo interior como en lo exterior, no lo estiman en nada delante aquella divina presencia.

14. Su continuo ejercicio es entrarse dentro de sí en Dios con quietud y silencio; porque allí está su centro, su morada y sus delicias. Más estiman este interior retiro que hablar de Dios. Retíranse en aquel interno secreto y centro del alma para conocer a Dios y recibir su divina influencia con temor y amorosa reverencia. Si salen fuera, es sólo al conocimiento y desprecio de sí mismas.

15. Pero sabrás que son pocas las almas que llegan a este dichoso estado, porque son pocas las que quieren abrazar el desprecio y dejarse labrar y purificar; por cuya causa, aunque son muchas las que entran en este interior camino, es rara la que pasa adelante y no se queda en los principios. Dijo el Señor a una alma: Este interior camino es de pocos, y aun de raros; es tan alta gracia, que no la merece ninguno; es de pocos, porque no es otra cosa este camino que una muerte de los sentidos, y son pocos los que quieren morir y ser aniquilados, en cuya disposición se funda este tan soberano don.

16. Con esto te desengañarás y acabarás de conocer la diferencia grande que hay del camino exterior al interior, y cuán diferente es la presencia de Dios que nace de la meditación de la presencia de Dios infusa y sobrenatural, nacida del interior e infuso recogimiento y de la pasiva contemplación y finalmente sabrás la diferencia grande que hay del hombre exterior al interior.

Guía espiritual - Libro III, Cap. I y II

lunes, 13 de junio de 2016

La Búsqueda.- Juan Tauler (1300­ - 1361)



Tipos de búsqueda

La búsqueda es «activa» cuando es el hombre quien busca; «pasiva» cuando es buscado.

La activa a su vez es doble: externa e interna. Ésta última sobrepasa a la exterior cuanto el cielo dista de la tierra. Son muy diferentes.

SERMÓN SOBRE LC 15,8 - V37

Búsqueda interna

La búsqueda interna es muy superior a la externa. Consiste en que el ser humano entre en su propio fondo, en lo más íntimo de sí mismo, y busque al Señor de la manera que nos ha sido indicada cuando Él dijo: «El Reino de los cielos está dentro de vosotros» (Lc 17, 21).

El que quiere encontrar el Reino -que no es otro que Dios con todas sus riquezas, y su propia esencia y naturaleza- le debe buscar donde se halla, es decir, en el fondo más íntimo, en el profundo centro, donde Él está mucho más íntimamente junto al alma, mucho más presente que ella lo es a sí misma. Este fondo debe ser buscado y encontrado.

Debe la persona entrar en esta «casa» renunciando a sus sentidos, a todo lo que le sea sensible, a todas las imágenes y formas particulares que los sentidos le hayan dejado impresas. A todas las impresiones de la imaginación y sentidos. Sí: incluso hay que sobrepasar las representaciones racionales -operaciones de la razón- que siguen las leyes de la naturaleza y la propia actividad.
SERMÓN SOBRE LC 15,8 - V37

Búsqueda pasiva

Entrar en esta «casa» no consiste en penetrar alguna que otra vez, para salir enseguida y ocuparse de las criaturas. Es revolver y estremecer toda la casa. Es la acción por la cual Dios busca al ser humano.

Todas las representaciones, todas las formas de cualquier género que fueren, por las que Dios se hace presente, desaparecen por completo cuando Dios llega a esta casa, en este fondo interior. Todo eso es desechado como si jamás lo hubiese poseído. Ideas y luces particulares; lo que hubiere sido manifestado o dado al hombre; lo que hasta ahora había gustado. Todo cae cuando el Señor entra de este modo buscando al alma.

Si la naturaleza puede soportar este derribo siete veces setenta, día y noche; si el hombre pudiese pasivamente recibir la divina operación que así dispone, progresaría mucho más que cuanto pueda captar por su inteligencia y por todas las luces que pudiera él conseguir.

En este derrumbamiento, el hombre que se abre dócilmente, receptivo de la divina operación, sube más alto de cuanto pudiera imaginar. Por encima del grado adonde pueden conducirle las obras, las prácticas o buenas intenciones que hayan sido jamás imaginadas o inventadas.

Sí, aquellos que llegan hasta aquí, ciertamente, se transforman en los más amables de todos. La intimidad con Dios les es tan fácil que pueden, en un abrir y cerrar de ojos, cuando lo desean, replegarse en su interior trascendiendo sus naturales impresiones.

SERMÓN SOBRE LC 15,8 - V37

Entrar en lo más hondo

Tenéis tanto que hacer, siempre ocupados en cosas exteriores, esto y lo otro, de acá para allá. Totalmente a la zaga de los sentidos. No puede tener cabida aquí el testimonio del que habla el Señor: «Lo que nosotros hemos visto y oído os los anunciamos» (1Jn 1,3).

Es un testimonio que tiene lugar en el fondo del alma puramente, sin imágenes, allí donde el Padre Celestial engendra al Hijo, donde las relaciones divinas se realizan cien mil veces más a prisa que un abrir y cerrar de ojos, en la mirada de una eternidad siempre nueva, con indescriptible fulgor.

Si alguien desea experimentarlo, que entre dentro de sí, mucho más allá de las facultades interiores en acción. Renuncie a toda impresión de fuera y sumérjase en el fondo [...]

Mis amigos, siendo así las cosas, permaneced en vosotros mismos, y acatad el testimonio con toda diligencia. Esto será vuestro gozo.

Has descendido a lo largo del Rin con deseo de ser un hombre pobre. Pero si tú no bajas al fondo de ti mismo en completa sumisión al Espíritu Santo, no será por tus obras exteriores como tú lo vas a conseguir.

Si has vencido al «hombre exterior», vuelve a tu interior, entra en ti mismo y busca el fondo. Nunca lo hallaras fuera, en las cosas, en tal o tal manera de actuar ni en las reglas exteriores.
SERMÓN SOBRE JN 3,11 - V60 D

Ante todo, busca pura y exclusivamente a Dios en todas las cosas. Busca su gloria y nada de tu interés personal.

En segundo lugar, en todas tus palabras y obras, ten diligente cuidado de ti mismo, considera constantemente la profunda nada que tú eres y luego no dejes un instante de poner tus ojos en el tesoro escondido que en ti llevas.

En tercer lugar, no te metas en lo que no te pertenece. Recógete en lo profundo y no salgas de allí. Escucha la voz del Padre que se deja sentir dentro de ti. Te llama en Él. Y te da tal ciencia que podrás responder a las cuestiones de todos los sacerdotes de la Iglesia.

¡Son tan claras las luces en el interior de la persona iluminada...!

SERMÓN SOBRE JN 3,11 - V60 D

Si te olvidas de lo que hemos hablado aquí prolijamente, recuerda siempre dos cosas:

Primero, sé humilde puramente y a fondo, interior y exteriormente, no sólo en apariencia y con palabras, sino en verdad y con plena convicción de inteligencia. Que seas «nada» a tus ojos en el fondo de tu alma, sin disimulo de ninguna clase.

En segundo lugar, ten un verdadero amor a Dios, no eso que llamamos «amor conforme a los sentidos». Sino un amor a fondo, el amor a Dios en lo más interior que sea posible. Este amor no es la simple atención exterior y sensible, sino la intención contemplativa, radicada en lo más hondo de la propia voluntad: algo así como el cazador centra su atención al disparar.

SERMÓN SOBRE JN 3,11 - V60 D

Tenemos aquí el testimonio: «El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8, 16).

De nosotros mismos viene el testimonio, como lo dice la Epístola de san Juan. En este cielo, es decir, el cielo interior, hay un «triple testimonio» (1 Jn 5,7), el Padre, el Verbo y el Espíritu, que aseguran al justo el ser hijo de Dios. Ellos lucen en el fondo, de donde viene el testimonio.

SERMÓN SOBRE JN 3,11 - V60 D

Lo dice claramente el Señor: «El Reino de Dios ya está dentro de vosotros» (Lc 17, 21). Es decir, en lo más profundo, en el centro mismo del hondón del alma, más allá de toda operación de las potencias mentales o actividad de las facultades superiores.

De él nos dice el Evangelio: «... hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio» (Jn 3, 11).

SERMÓN SOBRE JN 3,11 - V60 D



martes, 31 de mayo de 2016

La Oración.- Jean-Baptiste Willermoz (1730-1824)

Mis pensamientos y los de los otros
B.M. de Lyon (Ms 5476)

El estudio sin la oración, dijo hace tiempo un sabio, es un verdadero ateísmo, y la oración sin el estudio una vana presunción. Esto quiere decir que quien cree poder adquirir una verdadera luz por el estudio y por la sola fuerza de su aplicación, piensa y actúa como un ateo, y quien presume de que para obtener el conocimiento de la verdad le es suficiente con pedirlo en sus oraciones, sin hacer ningún esfuerzo para descubrirla y sin meditar sobre sus vías, solo es un hombre presuntuoso, cobarde o indiferente ante ella. El primero sólo adquirirá una ciencia vana y peligrosa, el otro continuará en la ignorancia.  

[…]

Verdad eterna, tú me envuelves con tus rayos, pero las sombras tenebrosas se levantan sin cesar ante mi alma y me impiden elevar mi mirada hasta ti.

Todos los días, por la tarde y a media noche, por la mañana y al mediodía, te invoco con ardor. Mis esfuerzos son vanos e inútiles. El espeso velo de mis afecciones materiales priva mi vista de tu luz.

Las imágenes de los objetos a los cuales se libran mis sentidos, se colocan en gran número entre tu acción bienhechora y los débiles esfuerzos de mi voluntad; me desvían y me arrastran por sus ilusiones engañosas. Te me escapas y pierdo la esperanza de llegar a ti.  

Oh verdad sin la cual mi ser solo es nada, no cesaré de invocarte. Hasta que hayas satisfecho mi deseo, mis anhelos serán mi única existencia. Escucha mi voz, ven a activar lo que te pido con tanto ardor. Abjuro del amor a los objetos sensibles; solamente a ti amaré y contemplaré por siempre como mi única vida. Pues tú eres la vida del hombre, y sé con evidencia que mi destino es vivir siempre en ti y contigo.

[…]

¿Dónde podré encontrar la ciencia de la sabiduría? He pasado los días y las noches en la búsqueda y las meditaciones y aún me pregunto dónde se oculta. El hombre está lejos de conocerla y de saber su precio.  

No se encuentra ni en las profundidades del mar ni en los abismos de la tierra. ¿Dónde se halla pues esta sabiduría y esta inteligencia? ¿Dónde la podré encontrar? He consultado a todos los seres vivos; ninguno la ha percibido aún, y he  visto que no está en ellos… Solo Dios conoce la ruta que conduce hasta ella; sólo Él sabe dónde se encuentra. 

Cuando Él dio leyes a todos los seres, sometió a sus órdenes a los vientos y las tempestades y dirigió el rayo en la dirección que le impuso, la sabiduría estaba ante Él. Entonces, dijo al hombre: Solo encontrarás la ciencia y la inteligencia en el temor al Señor.  


La Oración.- Louis-Claude de Saint-Martin (1743-1803)



“Está escrito: Mi Casa será Casa de oración.
¡Pero vosotros la habéis hecho cueva de bandidos!”
Lc 19:46, Mc 11:17, Mt 21:13

“La oración ferviente del justo tiene mucho poder”
St 5:16

“Si la naturaleza es como la iniciación de todas las religiones, 
la oración sería como la consumación, 
puesto que las contiene a todas”
Obras póstumas, La Oración

"...siendo la oración para su Ser intelectual 
[ser espiritual del hombre]
lo que la respiración es para su cuerpo".
[CN, IX] 

La oración es la principal religión del hombre porque es la que une nuestro corazón a nuestro espíritu; y esto ocurre porque nuestro corazón y nuestro espíritu no están ligados al cometer tantas imprudencias, viviendo en medio de tantas tinieblas e ilusiones. Cuando, al contrario, se unen nuestro espíritu y nuestro corazón, Dios se une naturalmente a nosotros, puesto que nos ha dicho que cuando nos reunamos en su nombre, estará entre nosotros, y entonces podremos decir, como el Reparador: Dios mío, sé que me complaces siempre”.
Obras póstumas, La Oración

La oración es el verdadero alimento del alma, es de aquí de donde se activan todas sus facultades, es también el lugar de donde retira sus mayores fortalezas y toda la evidencia de la luz”.

Continuación de las instrucciones sobre el otro plano

“¿Dónde encontraré una idea justa de la oración y de los efectos que puede producir? Es mi único recurso, mi único deber, mi única obra en esta región tenebrosa y en este miserable teatro de expiación.

Puede purificar y santificar mis vestiduras, mis alimentos, mis posesiones, las materias de mis sacrificios, todos los actos y todas las ataduras de mi ser.

Por mi oración, puedo alcanzar hasta las esferas superiores, cuyas esferas visibles no son más que imágenes imperfectas.

Más aún, si aparece delante de mí un hombre cuyos discursos o defectos me afligen, puedo, por la oración, retomar interés por él, en lugar de la antipatía que me había causado.

Podré obtener, por mi oración, que el impío se vuelva religioso, que el hombre colérico se haga manso y el insensible se llene de caridad. Puedo, por ella, resucitar la virtud por todas partes.

A través de mi oración, conseguiré descender a los lugares de tinieblas y de dolor, y llevar hasta allí algún alivio. ¿No fue la oración lo que en otro tiempo levantó al cojo, hizo ver al ciego y oír al sordo? ¿No fue la que resucitó muertos?

Debo esperar todo de Dios, sin duda; pero esperar todo de Dios no es permanecer en la apatía y en la quietud.  Es implorarle, por mi actividad y por las dolencias secretas de mi alma, hasta que, estando libre mi lengua, pueda suplicarle con sonidos armoniosos y cánticos.

Por la fuerza y la perseverancia en mi oración, obtendré, o la convicción exterior, que es el testimonio, o la convicción interior, que es la fe. He ahí por qué los sabios dijeron que la oración era una recompensa.

El secreto del progreso del hombre consiste en su oración; el secreto de su oración, en la preparación; el secreto de la preparación, en una conducta pura.

El secreto de una conducta pura está en el temor de Dios; el secreto del temor de Dios, en su amor, porque el amor es el principio y la sede de todos los secretos, de todas las oraciones y de todas las virtudes.

¿No fue el amor el que profirió las dos oraciones más grandiosas que fueron comunicadas al hombre? ¿La que Moisés escuchó sobre la montaña, y la que Cristo pronunció delante de sus discípulos y del pueblo reunido?” 
[HD 101]

No es por la repetición de las palabras de la oración por lo que el hombre nuevo ha llegado a esta unión con el espíritu, sino por el fuego interior de su ser, que se ha inflamado y ha difundido alrededor de él una luz parecida a aquella de la que ha tomado en su origen. La ley de la afinidad ha hecho todo lo demás y ni siquiera ese fuego de su ser interior se ha encendido nada más que por el suave soplo de la sabiduría, que solo pretende dar a cada cosa sus propiedades. […]

Ese es, pues, el suave soplo de esta sabiduría que va a desarrollar en el hombre nuevo su verdadera oración, que es la acción natural de su ser, pues esa oración no debe tener más finalidad que mantener en el hombre el orden, la seguridad, la medida. Debe hacer que el enemigo esté siempre fuera de lugar, que el corazón del hombre beba siempre en las fuentes de aguas vivas y su pensamiento sea como un foco en el que se unen las luces Divinas, para reflejarse después con más fulgor. Como éstas son las facultades primitivas del hombre, cuando llegan a alcanzar la meta a la que están destinadas, el hombre está realmente en su oración o, mejor dicho, el hombre está entonces realmente en la oración y en el sacrificio del aroma más agradable que pueda recibir el Señor. Pero ¿dónde está el que se ha convertido de verdad en una oración y en un sacrificio del aroma más agradable para el Señor? […]

En cuanto al hombre nuevo, se ha convertido en realidad en una oración activa, con lo que sus facultades han recuperado los derechos de su destino original. Ha dicho: «invocaré a Dios en el nombre del reparador, invocaré al reparador en el nombre del cumplimiento de la ley, invocaré al cumplimiento de la ley en el nombre de la fe, invocaré a la fe en el nombre de mis obras y de la constancia de mis santas resoluciones». Estos son los cuatro ríos que este hombre nuevo ha encontrado en él. […]

Nunca insistiríamos bastante en que no ha sido con la repetición de las palabras de la oración con lo que el hombre nuevo ha llegado a llenarse de estas tranquilas inteligencias que difunden alrededor de ellas la calma y el reposo. Lo ha hecho recogiendo con cuidado todo el fuego de su ser interior que ve que se eleva como una llama pura, viva y ligera que purifica el aire y lo agita suavemente, haciendo que exhale un viento refrescante".  
[HN 49]

“Trata, por tanto, de despojarte de todos estos impedimentos que te retienen en las tinieblas, vuelve, con tus trabajos y tus constantes oraciones, a tu sencillez original. Oirás que se pronuncia dentro de ti esta palabra: santo, santo, santo…” 
[HN 17]

“Levántate, hombre, todos los días antes de amanecer, para acelerar tu obra. Es una vergüenza para ti que tu incienso diario sólo levante su humo después de salir el sol. No es el alba de la luz la que debería invitar a tu oración para que venga a rendir homenaje al Dios de los seres y a pedir sus misericordias, sino que es tu oración la que debería llamar al alba de la luz y hacer que brille en tu obra, para que, acto seguido, pudieses verterla desde lo alto de este oriente celeste sobre las naciones dormidas en su inactividad y sacarlas de sus tinieblas”. 
[HN 8]


domingo, 29 de mayo de 2016

Excelencia del Santo Abandono.- Dom Vital Lehodey


Lo que constituye la excelencia del Santo Abandono, es la incompatible eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes, y para establecer el reinado absoluto de Dios sobre nuestra voluntad. Evidentemente, la conformidad que viene de la esperanza, y más aún, la resignación que nace del temor, no se elevan a iguales alturas; tienen, sin embargo, su valor. Mas aquí hablamos de la conformidad perfecta, confiada y filial que produce el santo amor.

Es ésta ante todo necesaria, y de un valor incomparable para obviar los obstáculos. Un día después de Maitines, el bienaventurado Susón fue arrebatado en éxtasis y parecióle ver un apuesto joven que descendía del cielo a la tierra y le decía: «Tú has frecuentado durante mucho tiempo las escuelas primarias, en ellas te has ejercitado lo suficiente y ya estás maduro. Ven conmigo, que voy a conducirte a la escuela mayor que existe. -¿Y cuál es esta tan deseable escuela? Es aquella en que se enseña la ciencia de un perfecto abandono de sí mismo; es decir, en la que se enseña al hombre a renunciarse de tal suerte que, sean cualesquiera las circunstancias en que el divino beneplácito se manifieste, se aplique tan sólo a permanecer siempre él mismo y tranquilo, renunciándose en la medida que permita la debilidad humana». 

Hacía ya varios años que el bienaventurado se ejercitaba en la virtud como un valeroso asceta; infligía a su cuerpo un martirio cuyo sólo relato nos estremece; llegada era ya la época de los éxtasis. Dios, sin embargo, le llamó a una escuela más elevada, ¿tenía de ello necesidad? Vuelto en sí después de la visión, permanecía silencioso y pensaba en lo que se le acaba de decir: «Examínate interiormente, concluyó, y podrás observar que aún tienes mucho espíritu propio, verás que con todas las mortificaciones que haces, no llegas todavía a soportar la contradicción exterior. Te pareces a una liebre oculta en un matorral, que al ruido de una hoja se espanta. Tú también te espantas de las penas que te sobrevienen, palideces a la vista de tus contradicciones, huyes cuando temes sucumbir, cuando debieras presentarte te escondes, te consideras feliz cuando eres alabado, y cuando te reprenden te entristeces. No hay duda que necesitas ir a una escuela superior». He aquí, pues, un alma que marchaba decididamente por el camino de la santidad; no obstante, quedaba aún no poco de humano en ella, más de lo que podía suponer. ¡Cuántas otras, que no la igualan en méritos, tendrán como ella necesidad de que un ángel venga a mostrarles el mal y a enseñarles a aplicar el remedio!

Sabemos en principio que el mal consiste en buscarse desordenadamente a sí mismos, y por consiguiente, en el orgullo y la sensualidad que resumen sus tan variadas formas. Mas, en realidad, estamos muy lejos de conocernos, y con frecuencia este mundo de pasiones, de debilidades, de perversas tendencias que bulle en nosotros, permanecería cubierto con un espeso velo y no llamaría nuestra atención, si la Providencia no viniera a abrirnos los ojos en tiempo oportuno por medio de una saludable humillación, o mediante unas pruebas sabiamente apropiadas. Entonces descórrese el velo, y comenzamos a ver lo que se nos ocultaba hasta este día, y que otros por desgracia habían tal vez tenido con sobrada frecuencia ocasión de comprobar. Mas nos acontece que, una vez conocido el mal, no sabemos remediarlo.

Nos inclinamos a perdonarnos, empero la Providencia no tendrá esta cruel indulgencia. «Hasta ahora -dice el ángel al bienaventurado Susón- eres tú quien te azotabas por tus propias manos, cesabas cuando querías, y tenías compasión de ti mismo. Al presente quiero librarte de ti mismo y entregarte, sin que nadie te defienda, en manos de extraños que te azotarán. No lo harán sino en la medida que yo se lo permita, mas te parecerán despiadados. Asistirás al desmoronamiento de tu reputación, estarás expuesto al desprecio de algunos hombres ciegos, y sufrirás más de esta parte que por las heridas hechas en otro tiempo con tus instrumentos de penitencia».

En otro tiempo hallábamos compensaciones y la Providencia nos las va a quitar. Veamos lo que aconteció al beato Susón: Tenía consolaciones humanas, y el ángel le dice: «Cuando te entregabas a tus ejercicios de mortificación eras grande, eras admirado, ahora serás abatido, serás aniquilado». Gozaba sobre todo de las consolaciones divinas, y el ángel añadió: «Hasta ahora sólo has sido un niño mimado, has nadado en la dulzura celestial, como nada el pez en el mar. En adelante quiero retirarte todo esto, quiero que seas privado de ello y que sufras con esta privación, que seas abandonado de Dios y de los hombres».

No siempre damos los golpes donde debiéramos; mas la Providencia, que ve con más exactitud, ataca al mal en su raíz. El beato Susón tenía un carácter muy afectuoso, y no parecía preocuparse de ello. «Aunque acabas de imponerte una cruel tortura, díjole el ángel, aún te queda por divina permisión un natural tierno y amante; te acontecerá que allí donde pensabas encontrar un amor particular y la fidelidad, sólo hallarás infidelidad, grandes sufrimientos y grandes penas. Serán tan numerosas tus pruebas que los hombres que te aman, por poco que sea, se compadecerán de ti». Nuestro mal es sobre todo el orgullo. Ahora bien, «para infligirnos algún castigo por ello -dice el Padre Piny- ¿búscanse de ordinario las ocasiones de humillación y de desprecio? ¿No se cree hacer bastante condenándose a dar alguna limosna, o a practicar austeridades que mortifican el cuerpo y no el orgullo del espíritu? Dios, que se propone no tan sólo castigar, sino más aún curar, obra mucho más sabiamente. Hácenos expiar este pecado por lo que es más contrario a nuestra presunción y a nuestra vanidad, por los desprecios, las humillaciones, las repugnancias, las confusiones, y desde luego por la penitencia más penosa para nuestra naturaleza soberbia, y la más opuesta a nuestras inclinaciones».

Finalmente, el gran mal es el juicio propio y la voluntad propia; no hay pecado ni imperfección que no venga de esta fuente emponzoñada. ¿Cuántos son los que saben remontarse hasta este principio de todo desorden? Con sobrada frecuencia, ¿no es el juicio propio quien tiene la pretensión de asignar el remedio, y la propia voluntad la que vela sobre su aplicación, cuando por el contrario, es el propio juicio y la voluntad propia lo que debiéramos de sacrificar sin misericordia y por encima de todo? La Providencia vendrá a corregir estos errores o esta debilidad. «¡Ah!, mostradme, Señor, de antemano mis penas para que las conozca», decía el beato Susón; y Dios le responde: «No, es preferible que no sepas nada». En efecto, quiere mantenernos en una disposición constante para doblegar nuestro juicio e inmolar nuestra voluntad. Va, pues, a ocultarnos cuidadosamente sus intenciones, y muy frecuentemente irá contra nuestras previsiones y nuestras ideas; se opondrá directamente a nuestros gustos y a nuestras repugnancias. Si queremos prestar un poco de atención, observaremos que nunca Dios obra al azar: como verdadero Salvador, a la manera de médico tan enérgico como sabio y discreto, lleva el fuego y el hierro ora aquí, ora allá, por todas partes donde su ojo práctico vea faltas que expiar, defectos que corregir, un punto débil que fortificar. A pesar de los lamentos de la naturaleza, continuará Él haciéndolo con misericordioso rigor por todo el tiempo que juzgue oportuno, para acabar de curarnos y para colmarnos de sus bienes. «La voluntad propia -dice el Padre Piny-, lo que hay de más tierno y querido en el hombre, pónese así en tortura y en el estado más violento, pues se le obliga a sufrir lo que no querría y lo contrario de lo que querría». Quiere Dios vencerla y disciplinarla, y he aquí la razón de que ciertas almas se hallen «reducidas a ser casi de continuo lo que no hubieran querido ser, ora en las profundas tinieblas durante la oración en lugar de las luces que eran de su gusto, pero que iban a servir para alimentar su propia voluntad; ora en las tristezas e inoportunos fastidios, en castigo de las alegrías inmoderadas que en otro tiempo habían ellas gustado, o del apego que tenían a estos estados de satisfacción; ora en las incertidumbres, y los escrúpulos originados de la precipitación, a fin de que mueran a sí mismas, aceptando la divina voluntad sobre ellas, a pesar de sus temores e incertidumbres».

El Santo Abandono será, pues, el que acabará de purificar y de despegar nuestra alma. El cumplimiento fiel de los deberes diarios, para los religiosos la exacta observancia de nuestros votos y de nuestras Reglas, con nuestras prácticas libres de virtud, habían causado al hombre viejo derrotas sobre derrotas, heridas sobre heridas. Con todo, aún viviría de no venir el Santo Abandono a darle, por decirlo así, el golpe de gracia y arrojarlo en el sepulcro. Sin duda, que la obediencia antes que todo continúa siendo necesaria, pues si ésta se debilitase, la naturaleza recobraría sus fuerzas y no tardaría en hacer desaparecer al Santo Abandono.

Mas éste viene a unir su acción poderosa a la de la obediencia, además de que responde a nuestras necesidades personales, llevando así nuestra penitencia a su última perfección.

Otro tanto hace con la fe confiada y el amor divino. Es él quien hace que nuestra fe en la Providencia, nuestra confianza en Dios sean plenamente prácticas universales, haciéndolas pasar de la convicción del espíritu al afecto del corazón, y aplicándolas alternativamente a las más diversas situaciones. Sin él correrían riesgo de quedarse siempre incompletas, porque hay cosas que apenas se aprenden sin haber pasado repetidas veces por la prueba. Jesucristo ha dicho: «¡Bienaventurados los pobres! ¡Bienaventurados los que padecen! ¡Bienaventurados los que se mortifican! ¡Bienaventurados los que son perseguidos, calumniados y maldecidos por los hombres!» ¿Tienen esta fe absoluta y práctica las personas que no pueden soportar la pobreza, el sufrimiento y la persecución? «Preciso es declarar, o que no creen en el Evangelio, o que sólo creen a medias. Por el contrario, aquél cree todo cuanto encierra el Evangelio, que mira como una ventaja y como favor divino en este mundo el ser pobre, estar enfermo, ser despreciado, humillado y perseguido por los hombres». La advertencia es de San Alfonso.

Esta fe confiada y total encuéntrase elevada a su más alto grado, dice el Padre Piny, «por el abandono de todo cuanto somos y de todos nuestros intereses al beneplácito divino. ¿No es tener una fe bien firme en la justicia, en la santidad de Dios, el que nos baste en todo cuanto nos suceda, un simple recuerdo de que tal es su voluntad, para que al momento digamos Amén a todas sus determinaciones? No es posible tener mayor fe en la bondad y el amor de Dios, que el recibir igualmente de su mano las cruces y las alegrías, el mal y el bien; y en la firme persuasión de que es un Dios que hace bien todo lo que hace, bendecir su nombre como otro Job, tanto desde el polvo como desde el trono, así cuando nos colma de honores y consolaciones como cuando nos cubre de llagas y humillaciones. No hay mayor ni más viva fe que la de creer que Dios dirige siempre admirablemente nuestros asuntos, cuando parece destruirnos y aniquilarnos, cuando desbarata nuestros mejores planes, cuando nos expone a la calumnia, cuando oscurece todas nuestras luces en la oración, cuando hace agotarse todas nuestras sensibilidades y nuestros fervores por las arideces y sequedades, destruye nuestra salud por las enfermedades y flaquezas, y nos pone en la impotencia de obrar. Conservar en todos estos estados la más firme confianza, aceptarlos a ciegas, ¿no es ejercitar la fe más viva en el poder soberano y en la infinita bondad de Dios?» Maravillosa fue la fe de Abraham en la terrible prueba que todos sabemos. «No menos admirable es la fe del alma que va por el camino del abandono a Él, a fin de aniquilar su propia voluntad». Destruye nuestro apego a las alegrías por medio de la tristeza, a la estima por las humillaciones y desprecios, a los gustos y a las sensibilidades por las arideces y las sequedades, a las luces en la oración por las oscuridades y las tinieblas; trabaja en destruir la precipitación inmoderada por conseguir la perfección mediante dolorosos fracasos, la excesiva actividad por las impotencias a que nos reduce, la propia voluntad hasta en el negocio de la salvación por las incertidumbres en que nos coloca acerca del particular. Si hay un camino en que se ejercite una fe viva, una confianza a toda prueba, «es sin duda, el del abandono a la divina voluntad, pues en él se cree lo que parece menos creíble: a saber, que Dios realiza nuestros negocios destruyéndolos, que nos formará aniquilándonos, que nos iluminará cegándonos, que nos unirá a El más íntimamente dejándonos en la angustia; en una palabra, que nos perfeccionará destruyendo nuestras inclinaciones y nuestra voluntad».

Así, pues, la práctica del Santo Abandono supone una fe viva, una confianza sólida, a las que desenvuelve admirablemente, elevándolas a su más alto grado.

Otro tanto sucede con el amor divino. El santo acrecentamiento, ante todo, mediante un despego perfecto. «Cuando un corazón está lleno de tierra -dice San Alfonso- el amor de Dios no encuentra en él lugar; y cuanto más permanezca pegado a la tierra, menos reinará en él el amor divino, porque Jesucristo quiere poseer todo nuestro corazón y no toleraría ningún otro rival. En fin, el amor de Dios es un amable ladrón que nos despoja de todas las cosas terrenas». Preciso es, pues, darlo todo para tenerlo todo. Da totum pro toto, dice Tomás de Kempis. Este completo desasimiento tan necesario y tan laborioso, no sólo habíanlo comenzado la humildad, la obediencia y el renunciamiento, sino que lo llevaban bastante adelantado, y por otra parte, no cejarán en su empeño. Sin embargo, según dejamos indicado, tiene necesidad de que el Santo Abandono venga a sumar su acción a la suya, para que el desasimiento llegue a su perfección. El Santo Abandono es quien termina de hacer el vacío en nuestra alma, invadiéndole proporcionalmente el amor divino, y si no encuentra obstáculo, la llena, la gobierna, la transforma, reina en ella como dueño.

El Santo Abandono no sólo prepara los caminos al amor divino, sino que «es él mismo el acto más perfecto de amor de Dios que un alma pueda producir, y vale más que mil ayunos y disciplinas. Porque quien da sus bienes por medio de la limosna, su sangre con los azotes, su alimento con el ayuno, da una parte de lo que tiene; el que da a Dios su voluntad se da a sí mismo y da todo, de suerte que puede decir: Señor, soy pobre, mas os doy todo cuando puedo; después que os he dado mi voluntad, nada me queda que ofreceros». Así habla San Alfonso.

Es también el amor más puro y más desinteresado. Numerosas son las almas que de buen grado permanecen con Jesús hasta el partir del pan; muy raras las que le siguen hasta las inmolaciones del Calvario. Fácil es amar a Dios cuando se da entre las dulzuras, los ardores y los transportes. Es más digno olvidarse de sí mismo y darse todo a Dios, hasta el punto de poner su satisfacción en la de Dios, hacer de la voluntad de Dios la suya propia, cuando precisamente aquélla se propone sin la menor duda conducirnos en pos de Jesús crucificado. «Esta es -dice el Padre Piny- la manera más noble, más perfecta y más pura de amar. Si se puede medir el amor que nosotros tenemos a Dios por la grandeza de los sacrificios que estamos dispuestos a hacer por Él, ¿qué amor puede ser más puro y más grande que el de las almas que abandonan al divino beneplácito no tan sólo sus bienes temporales, su reputación, su salud y su vida, sino hasta el interior de su alma y su eternidad, para no querer en todo esto sino el orden y la voluntad de Dios? ¿No pudiera decirse que su amor está enteramente libre de todo propio interés, puesto que ellas se ponen en este estado de víctimas, consintiendo en que Dios las destruya en cualquier momento, y que haga un sacrificio continuo de la voluntad de ellas a la suya?»

Pudiéramos añadir que un alma, ejercitándose en el Santo Abandono, se forma al propio tiempo de la manera más acabada en todas las virtudes, pues encuentra a cada paso ocasión de practicar tanto la humildad como la obediencia, la paciencia o la pobreza, etc., y que el Santo Abandono eleva unas y otras a su más alta perfección. Pruébalo profusamente el Padre Piny; y para abreviar remitimos al lector a su precioso opúsculo, bastándonos decir con San Francisco de Sales: «El abandono es la virtud de las virtudes; es la flor y nata de la caridad, el perfume de la humildad, el mérito, así parece, de la paciencia, y el fruto de la perseverancia; grande es esta virtud y la única digna de ser practicada por los hijos más queridos de Dios».

Mas si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios. Esta unión es aquí abajo la unión del espíritu por la fe, la unión del corazón por el amor; es más que nada la unión de la voluntad por la conformidad con la voluntad divina. Es necesario que la obediencia la comience y no deje jamás de continuarla; empero corresponde al Santo Abandono terminarla. En efecto, dice el Padre Piny, ¿puede darse unión más completa con Dios «que dejarle hacer, aceptando todo lo que Él hace, y consintiendo amorosamente en todas las destrucciones que le plazca hacer en nosotros y de nosotros? Es querer todo lo que Dios quiere, no querer sino lo que Él quiere», y como Él lo quiere: «es tener uniformidad con la voluntad de Dios, es estar transformado en la divina voluntad, es estar unido a todo lo que hay en Dios de más íntimo, quiero decir, su corazón, a su beneplácito, a sus decretos impenetrables, a sus juicios que, aunque ocultos, son siempre equitativos y justos». ¿Qué unión con Dios puede haber más estrecha e inseparable? «En este sendero, ¿qué podría, en efecto, separar al alma de Dios? No será ni la pobreza, ni las persecuciones, ni la vida, ni la muerte, ni los acontecimientos sean cuales fueren, puesto que, no queriendo nada fuera de la voluntad de Dios y aceptándola en todo sin detenerse en consideraciones, halla siempre cuanto desea en todo lo que la sucede, viendo en ello el cumplimiento del divino beneplácito».

Ved, pues, lo que ante todo hace recomendable al Santo Abandono; nada como él une nuestra voluntad a la de Dios; y como esta divina voluntad es la regla y la medida de todas las perfecciones, hasta el punto que nuestras voluntades no participan de la perfección y de la santidad sino por su conformidad con la de Dios, síguese que se llegará a ser tanto más virtuoso y santo, cuanto mayor fuere la conformidad con esta adorable voluntad. Mejor dicho, santo y perfecto es quien ha llegado a ver en todas las cosas la mano y el beneplácito de Dios, y no tiene jamás otra regla que esa voluntad. Cuando se ha llegado a esto, ¿qué resta por hacer para ser aún más santo y más perfecto? Conformar cada vez mejor nuestra voluntad a la de Dios, y según la enérgica expresión de San Alfonso, «uniformarla» a la de Dios, hasta el punto que «de dos voluntades no hagamos -por decirlo así-, sino una; que no queramos sino lo que Dios quiere, y permanezca sola su voluntad y no la nuestra. Aquí está la cumbre de la perfección, y a ella debemos aspirar de continuo. La Santísima Virgen no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado más perfectamente unida a la voluntad de Dios».

Si queremos, pues, escalar las cumbres de la vida interior, no hay mejor sendero que el del Santo Abandono; ningún otro sabría conducirnos tan pronto ni tan lejos. ¡No permita Dios que consintamos en rebajar la humildad, la obediencia y el renunciamiento! Estas virtudes fundamentales son, junto con la oración, el camino siempre necesario y seguro, fuera del cual se busca en vano la virtud sólida y el abandono de buena ley. Sigámosle con fidelidad hasta nuestro postrer momento. Mas cuando hubiéramos llegado por este camino a la conformidad perfecta, amorosa y filial, entonces habremos dado con el camino de la santidad.

El Santo Andadono