miércoles, 25 de mayo de 2016

Estado activo y estado pasivo.- Jean-Pierre de Caussade (1675-1751)


Hay un tiempo en que el alma vive en Dios, y otro en que Dios vive en el alma. Y lo que es propio de uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando Dios vive en el alma, ésta debe abandonarse totalmente a su providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe proveerse con mucha solicitud y regularidad de todos los medios de los que puede aprovecharse para llegar a esa unión con Dios. En efecto, todos sus caminos están trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su guía está a su lado, y todo está regulado, hasta las horas de hablar.


El abandono en la divina providencia, Cap. II

La Comunidad de la Luz o Iglesia Interior.- Karl von Eckartshausen (1752-1803)


“…siempre ha existido una escuela más elevada a la que ha sido confiado el depósito de toda ciencia, esta escuela es la comunidad interior y luminosa del Señor, la sociedad de los Elegidos que se han propagado sin interrupción desde el primer día de la creación hasta el tiempo presente; sus miembros, es cierto, están dispersos por todo el mundo, pero han estado siempre unidos por un espíritu y una verdad; y nunca han tenido más que un conocimiento, una fuente de verdad, un señor, un doctor y un maestro en quien reside substancialmente la plenitud universal de Dios y quien los inició en los altos misterios de la naturaleza y del Mundo Espiritual. Esta comunidad de la Luz ha sido llamada, en todo tiempo, la Iglesia invisible e interior o la comunidad más antigua…”

[...]

“Es necesario, mis muy queridos hermanos en el Señor, daros una idea pura de la Iglesia interior, de esta Comunidad luminosa de Dios que se halla dispersa por todo el mundo, pero que está gobernada por una verdad y unida por un espíritu.

Esta comunidad de la luz existe desde el primer día de la creación del mundo, y durará hasta el último día de los tiempos.

Es la sociedad de los elegidos que conocen la luz en las tinieblas y la separan en lo que tiene de propio.

Esta comunidad de la luz, posee una Escuela en la que el Espíritu de sabiduría instruye él mismo a quienes tienen sed de luz; y todos los misterios de Dios y de la naturaleza se conservan en esta escuela para los hijos de la luz. El conocimiento perfecto de Dios, de la naturaleza y de la humanidad, son objeto de enseñanza en esta escuela. De ella vienen todas las verdades al mundo; es la escuela de los profetas y de quienes buscan la sabiduría; sólo en esta comunidad se encuentra la verdad y la explicación de todos los misterios. Es la comunidad más interior y posee miembros de diversos mundos; he aquí la idea que de ella se ha de tener.

En todo tiempo, lo exterior ha tenido por base un interior, del que lo exterior sólo es su expresión y su plano.

Es así que, en todo tiempo, ha habido una asamblea interior, la sociedad de los elegidos, la sociedad de aquellos que tenían más capacidad para la luz y que la buscaban; y esta sociedad interior era llamada santuario interior o Iglesia interior.

Todo lo que la Iglesia exterior posee, en símbolos, ceremonias y ritos, es la letra cuyo espíritu y verdad están en la Iglesia interior.

Así pues, la Iglesia interior es una sociedad cuyos miembros están dispersos por todo el mundo, pero reunidos en lo interior por un espíritu de amor y de verdad, que en todo tiempo se ocupó en construir el gran templo de la regeneración de la humanidad; por la que el reino de Dios será manifestado. Esta sociedad reside en la comunión de los que tienen más capacidad para la luz, o de los elegidos.

Estos elegidos están unidos por el espíritu y la verdad, y su cabeza es la Luz misma del Mundo, Jesucristo, el ungido de la luz, el mediador único de la especie humana, el Camino, la Verdad y la Vida, la luz primitiva, la sabiduría, el único medium por el cual los hombres pueden volver a Dios.

La Iglesia interior nació inmediatamente después de la caída del hombre, y enseguida recibió de Dios la revelación de los medios por los que la especie humana caída será elevada de nuevo a su dignidad y liberada de su miseria; recibió el depósito definitivo de todas las revelaciones y misterios y la llave de la verdadera ciencia, tanto divina como natural”.

[...]

El misterio de la unión con Jesucristo, no sólo espiritual sino también corporalmente, es el misterio supremo de la Iglesia Interior. Llegar a ser UNO con Él, en espíritu y en ser, es la suprema realización que esperan de sus Elegidos.

Los medios para esta posesión real de Dios están ocultos a los ojos del sabio mundano y son revelados a la simplicidad de los niños.

¡Oh filosofía orgullosa, prostérnate ante los grandes y divinos misterios, inaccesibles a tu sabiduría e impenetrables con las tenues luces de la razón humana!”

La nube sobre el santuario – Cartas metafísicas

martes, 24 de mayo de 2016

Las murallas de nuestra Fortaleza Interior.- Louis-Claude de Saint-Martin (1743-1803)


"… su ser físico [del hombre] no es más que la muralla de la fortaleza que tiene que defender; que esa muralla no sólo debe ofrecer una resistencia invencible a los enemigos, sino que también debe lanzar sobre ellos rayos y relámpagos para impedir que se acerquen y aterrorizarlos con su poder. Pero, como ha reconocido abiertamente que sin el bautismo invisible que acaba de recibir no hubiese tenido jamás la fuerza necesaria para emprender obras tan duras como las que se le presentan, actuará de tal modo que ese mismo bautismo se extenderá sucesivamente por todas las porciones de su ser. 

Así, invocará el nombre del Señor, para que sus elementos se mantengan en la medida y la precisión que les convenga, para que la muralla conserve su asiento; invocará el nombre del Señor para que reaccionen los elementos superiores y fortifiquen continuamente esta muralla y esté protegida de toda degradación, para que pueda resistir mejor a sus enemigos; invocará el nombre del Señor para que el principio de su vida corporal colabore continuamente con la acción de sus elementos constitutivos y la reacción de los elementos superiores, de tal modo que su armonía los haga como inseparables y forme un triángulo poderoso e irresistible, sobre el cual no pueda tener ningún dominio el desorden; alimentará así a su ser elemental con la fuerza, la paciencia, la firme constancia, el valor, la elevación por encima de los males y los peligros, mientras note que este ser elemental solo es, en realidad, la muralla de la fortaleza y tenga que pensar, con no menos cuidado, en poner en situación de defensa y seguridad el cuerpo de la plaza.

Veamos, pues, a este hombre nuevo, en medio de su soledad, vagando unas veces por caminos apartados; sentado otras, abrumado por la amargura y vertiendo torrentes de lágrimas, o sumiéndose en la profundidad de sus pensamiento, siempre gimiendo, siempre deseando, siempre esperando los momentos de consuelo y de triunfo que se le han anunciado, siempre orando para que no desfallezca su esperanza, a pesar de la austeridad de su desierto, a pesar de la acidez de sus alimentos y a pesar de las rudas pruebas que debe sufrir a cada momento. Veámoslo, al mismo tiempo, defendiéndose siempre con medios simples y sacados siempre del amor y el respeto que tiene por su Dios. 

[…]

En principio, cuanto más fielmente se guarde y mantenga esta muralla en sus justas medidas, menor será la comunicación y el entendimiento entre los enemigos que están fuera y los habitantes mal intencionados que pudieran estar dentro del recinto. Hasta es posible que, al no poder comunicar con el enemigo e impresionados por el ejemplo de los ciudadanos que se mantienen fieles, se pongan voluntariamente del lado de la causa buena y, al unirse todas las fuerzas para la salud común de la fortaleza, se multipliquen entre los habitantes la prudencia, la sabiduría, las luces y el valor y descubrirán cada día nuevas claridades y nuevos recursos para desanimar a los sitiadores y hacer que suelten la presa y, posiblemente, exterminarlos cuando se presente la ocasión de luchar contra ellos cuerpo a cuerpo. 

En segundo lugar, como todas estas fuerzas y estas luces no pueden encontrarse en el hombre nuevo si no es porque le vienen de la vía superior por las diversas progresiones de la sabiduría y por el uso sagrado que el hombre tiene la fortuna de hacer de ellas, el buen estado de la muralla de la fortaleza puede favorecer y secundar la aproximación de estos socorros, pues hemos visto que nuestro Dios era un ser activo y efectivo y que procuraba que penetrase por todas partes su actividad y su efectividad; pero, por la ley de las analogías, de la que es a la vez modelo y origen, solo puede unirse a la actividad y a la efectividad. Por tanto, sólo en la medida en que tratamos de acumular la actividad espiritual y efectiva en nuestros elementos por la invocación del nombre del Señor, la actividad divina puede comunicarse en nuestro interior y desarrollarse allí de un modo útil y real. 

Antes de que esta actividad divina pueda descender y establecerse en nosotros de una forma provechosa, necesita encontrar órganos activos y lo suficientemente llenos de fuerza para poder corresponder a todos sus movimientos y realizar en su medida los planes que ella trace en gran escala en la suya. Finalmente, y no basta por mucho que se repita, es preciso que el hombre nuevo sea sacrificado, regenerado, espiritualizado y hasta divinizado para que la acción divina pueda descender a él con alegría, con las seguridad de encontrar en él la morada que le conviene, donde su gloria, sus poderes y todos sus tesoros no estén expuestos a quedarse sin frutos o a que los robe el enemigo". 

El Hombre Nuevo, 32

lunes, 23 de mayo de 2016

Entrada al Castillo Interior.- Miguel de Molinos (1628-1696)


Para que Dios descanse en el alma, se ha de pacificar siempre el corazón
en cualquiera inquietud, tentación y tribulación

1. Has de saber que es tu alma el centro, la morada y reino de Dios. Pero para que el Gran Rey descanse en ese trono de tu alma, has de procurar tenerla limpia, quieta, vacía y pacífica. Limpia de culpas y defectos; quieta de temores; vacía de afectos, deseos y pensamientos; y pacífica en las tentaciones y tribulaciones.

2. Debes pues tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin género de alteración cuanto el Señor fuere servido de enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu espiritual provecho ha de permitir al envidioso enemigo turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.

3. Está constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Éntrate allá dentro para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti guerrea. Si un hombre tiene una segura fortaleza, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque en entrándose allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar de tus enemigos visibles e invisibles y de todas sus acechanzas y tribulaciones está dentro de tu misma alma, porque allí reside la divina ayuda y el soberano socorro; éntrate allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.

4. Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el Soberano Rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo, por medio del interior recogimiento. Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la Divina Presencia. Cuando te vieres más combatida, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando más pusilánime, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.

5. Finalmente, no te aflijas ni desconfíes por verte pusilánime. Vuélvete a quietar, siempre que te alteres; porque sólo quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de tu corazón, por medio del interior recogimiento y con su divina gracia, el silencio en el bullicio, la soledad en el concurso, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.

Guía Espiritual - Libro I, Cap. I

La Ciencia Mística.- Miguel de Molinos (1628-1696)


Oirá y leerá el hombre animal estas espirituales materias, pero no llegará, dice San Pablo, a comprenderlas: Animalis hamo non percipit ea, quae sunt spritus Dei (1 Ad Coro 2) [“Porque el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:14)]. Si las condenas, te condenas al número de los sabios de este siglo, de quienes dice San Dionisio que no les comunica Dios esta sabiduría como a los sencillos y humildes, aunque en el concepto del mundo sean ignorantes.

La ciencia mística no es de ingenio, sino de experiencia; no es inventada, sino probada; no leída, sino recibida, y así es segurísima y eficaz, de grande ayuda y colmado fruto.

No entra la ciencia mística en el alma por los oídos ni por la continua lección de los libros, sino por la liberal infusión del divino espíritu, cuya gracia se comunica con regaladísima intimidad a los sencillos y pequeños (Matth. 11). [Mateo 11:25, Lucas 10:21].

Hay algunos doctos que no han leído jamás estas materias y algunos espirituales que hasta ahora no las han gustado, y por esto los unos y los otros las condenan; aquéllos por ignorancia y éstos por falta de experiencia.

Guía Espiritual - Introducción