sábado, 18 de marzo de 2017

Obrando desde el fondo más íntimo del alma.- Maestro Eckhart (1.260-1.327)


«Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo»; esto no lo debéis interpretar con miras al mundo exterior, cómo comía y bebía con nosotros; tenéis que comprenderlo con respecto al mundo interior. Así como es verdad que el Padre en su naturaleza simple engendra a su Hijo en forma natural, también es verdad que lo engendra en lo más entrañable del espíritu y esto es el mundo interior. Ahí el fondo de Dios es mi fondo, y mi fondo el de Dios. Ahí vivo de lo mío, así como Dios vive de lo suyo. Para quien mirara alguna vez en este fondo, aunque fuera por un solo instante, para ese hombre mil marcos de oro amarillo amonedado valdrían lo mismo que un maravedí falso. Desde este fondo más entrañable has de obrar todas tus obras sin porqué alguno. De cierto digo: Mientras hagas tus obras por el reino de los cielos o por Dios o por tu eterna bienaventuranza, [es decir], desde fuera, realmente andarás mal. Pueden aceptarte tal cual, pero no es lo mejor. Pues de veras, quien se imagina que recibe más de Dios en el ensimismamiento, la devoción, el dulce arrobamiento y en mercedes especiales, que [cuando se halla] cerca de la lumbre o en el establo, hace como si tomara a Dios, le envolviera la cabeza con una capa y lo empujara por debajo de un banco. Pues, quien busca a Dios mediante determinado modo, toma el modo y pierde a Dios que está escondido en el modo. Pero quien busca a Dios sin modo lo aprehende tal como es en sí mismo; y semejante persona vive con el Hijo y Él es la vida misma. Si alguien durante mil años preguntara a la vida: «¿Por qué vives?»… ésta, si fuera capaz de contestar, no diría sino: «Vivo porque vivo». Esto se debe a que la vida vive de su propio fondo y brota de lo suyo; por ello vive sin porqué justamente porque vive para sí misma. Si alguien preguntara entonces a un hombre veraz, uno que obra desde su propio fondo: «¿Por qué obras tus obras?»… él, si contestara bien, no diría sino: «Obro porque obro».

Donde termina la criatura, ahí Dios comienza a ser. Pues bien, lo único que Dios te exige, es que salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, y que permitas a Dios ser Dios dentro de ti. La menor imagen de lo creado, que en algún instante se forma dentro de ti, es tan grande como lo es Dios. ¿Por qué? Porque te impide [tener] un Dios entero. Justamente allí donde entra la imagen, Dios debe retirarse así como toda su divinidad. Mas, donde sale la imagen, allí entra Dios. Él desea tanto que tú salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, como si de ello dependiera toda su bienaventuranza. Pues bien, mi querido hombre, ¿qué daño te hace si le permites a Dios que sea Dios dentro de ti? Sal completamente de ti mismo por amor de Dios, luego Dios saldrá por completo de sí mismo por amor de ti. Cuando estos dos salen, entonces lo que queda es un Uno simple. En este Uno el Padre engendra a su Hijo dentro del manantial más íntimo. Allí sale floreciendo el Espíritu Santo y allí surge dentro de Dios una voluntad que pertenece al alma. La voluntad es libre mientras no se halla afectada por ninguna criatura y por nada que sea criaturidad. Cristo dice: «Nadie asciende al cielo sino Aquel que ha bajado del cielo» (Juan 3, 13). Todas las cosas fueron creadas de [la] nada; por eso su verdadero origen es [la] nada, y en cuanto esta noble voluntad se inclina hacia las criaturas, en tanto se derrama con ellas en su nada.

Ahora cabe preguntar: Esta noble voluntad ¿se derrama hasta un punto tal que nunca puede volver? Los maestros dicen por regla general que nunca volverá, en cuanto se haya derramado junto con el tiempo. Mas yo digo: Toda vez que esta voluntad se aparte de sí misma y de toda criaturidad, volviendo por un solo instante hacia su primer origen, la voluntad se presentará [otra vez] en su recta índole libre y es libre; y en ese instante se recupera todo el tiempo perdido.

A menudo la gente me dice: ¡Rogad por mí! Entonces pienso: ¿Por qué salís? ¿Por qué no permanecéis dentro de vosotros mismos y echáis mano de vuestro propio bien? Si lleváis dentro de vosotros toda la verdad en su esencia.

¡Que Dios nos ayude a permanecer verdaderamente adentro del modo señalado, [y] a poseer toda la verdad inmediatamente y sin distinción en la verdadera bienaventuranza! Amén.
Sermón Vb

Allí donde nunca entró el tiempo, en donde nunca cayó el brillo de una imagen, en lo más entrañable y lo más elevado del alma, crea Dios todo este mundo. Todo cuanto creó Dios hace seis mil años, cuando hizo el mundo, y todo cuanto Dios habrá de crear luego de mil años -con tal de que el mundo exista durante todo ese tiempo- lo crea Dios en lo más entrañable y lo más elevado del alma. Todo lo pasado y todo lo presente y todo lo futuro, lo crea Dios en lo más entrañable del alma. Todo cuanto obra Dios en todos los santos, lo obra en lo más entrañable del alma. El Padre engendra a su Hijo en lo más entrañable del alma, y te engendra a ti junto con su Hijo unigénito [y] no [en condición] inferior. Si he de ser hijo, tengo que ser hijo dentro del mismo ser en que Él es Hijo y en ningún otro.
Sermón XXX

miércoles, 15 de marzo de 2017

Algunos obstáculos a tratar en el camino espiritual.- Willigis Jäger


Es de suma importancia el trato correcto de los senti­mientos y de los traumas. Muchas personas sufren heridas que arrancan desde la infancia o de la vida en pareja, y no todas son conscientes de ello. Pero, una vez que se sientan en el cojín, los traumas afloran obstinadamente a la super­ficie: miedos y emociones que parecían superados hace tiempo aparecen de repente con una fuerza tremenda. Puede que se activen fenómenos físicos y determinados talentos parapsíquicos, tales como las visiones, la precog­nición y la telepatía. En el peor de los casos puede ocurrir, como dije antes, que se deba dar por terminado el camino espiritual o interrumpirlo. Pero para la mayoría será sufi­ciente con aprender a tratar esos problemas y a reducir su intensidad lentamente, sin rechazarlos.

Siempre que estos fenómenos no requieran un trata­miento terapéutico, la regla básica es no rechazarlos, pero tampoco ocuparse de ellos todo el rato; simplemente tomar nota y volver al ejercicio de oración. Habrá dificul­tades si uno se identifica con ellos, si uno se instala en su resentimiento, su rabia o su depresión, pues entonces ya no será tan fácil desembarazarse de ellos. Por consiguien­te, la manera correcta del ejercicio consiste en coger, por así decir, las emociones y miedos de la mano y mirarlos sin decirles ni sí ni no, para crear una distancia con ellos. Si esto se logra, los problemas que han tenido prisioneras a las personas durante decenios se van resolviendo con el tiempo por sí solos. Por supuesto, estas son tan sólo unas cuantas indicaciones de carácter general.

En lo que respecta a los sentimientos positivos o posibles estados de euforia o felicidad, estas sensaciones se convierten a menudo en un obstáculo mayor que las sen­saciones desalentadoras, porque la tentación de identifi­carse con los sentimientos agradables y quedarse apega­dos a ellos es mucho mayor que con los desagradables. Uno cree haber llegado ya muy lejos y está, por lo tanto, menos dispuesto al desprendimiento. Por ello, el autor de “La nube del no saber” aconseja ocultar ante Dios, duran­te el ejercicio, el anhelo de Dios. Algunos participantes encuentran muchas dificultades al tener que desprenderse también de las ideas religiosas, puesto que en nuestra edu­cación religiosa hemos aprendido a orar cultivando pen­samientos y sentimientos piadosos. En la contemplación, sin embargo, estos pensamientos y sentimientos deben ser tratados igual que los pensamientos y sentimientos profanos.

En lo que respecta a la voluntad, juntamente con nuestro intelecto, memo­ria y sentimientos, constituye nuestra estructura del yo. Pero es precisamente esa estructura del yo la que el discí­pulo tiene que relegar en el camino espiritual para poder desprenderse de ella. El yo acota un trozo de la realidad para ocuparse solamente de ella. El ego se parece a una sola octava del piano. Mientras se sigan pulsando las teclas de esta única octava no se podrán escuchar las notas de las demás octavas. Lo malo de la voluntad reside en su inten­to de convertir las exigencias del camino en asunto suyo: entonces se propondrá expresamente desembarazarse del yo, lo cual es una paradoja perversa pues la voluntad no puede desembarazarse de sí misma. Mientras se quiera avanzar en el camino espiritual no se adelantará nada. Solamente adelantará el que se desprenda de la voluntad, y no el que quiera no querer.

La ola es el mar

lunes, 13 de marzo de 2017

El ansia de experimentar solo a Dios y el despojo del yo.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Quiero que entiendas ahora que, aunque al principio te dije que te olvidaras de todo, a excepción de la ciega conciencia de tu desnudo ser, quería llevarte incluso hasta el punto en que te olvidaras también de esto, experimentando así solamente el ser de Dios. Con un ojo fijo en esta última experiencia pude decirte al principio: Dios es tu ser. En aquel momento creí que era prematuro esperar que pudieras levantarte de repente a tan alta conciencia espiritual del ser de Dios. Por eso dejé que subieras hacia él por grados, enseñándote primero a roer la desnuda y ciega conciencia de ti mismo hasta adquirir por la perseverancia espiritual una facilidad en esta obra interior. Sabía que ello te prepararía a experimentar el sublime conocimiento del ser de Dios. Y finalmente, en esta obra, tu único y ardiente deseo debe ser este: el ansia de experimentar sólo a Dios. Es cierto que al principio te dije que cubrieras y vistieras la conciencia de tu Dios con la conciencia de tu propio yo, pero sólo porque eras todavía espiritualmente desmañado y sin desbastar. Con perseverancia en esta práctica, esperaba que crecieras incesantemente en la soledad del corazón hasta que estuvieras dispuesto a despojar, destruir y desnudar totalmente la conciencia personal de todas las cosas, incluso la conciencia elemental de tu propio ser, a fin de que puedas vestirte nuevamente con la graciosa y radiante experiencia de Dios tal como es en sí mismo.

Tal es el proceder de todo verdadero amor. El amante se despojará plenamente de todo, aun de su mismo ser, por aquel a quien ama. No puede consentir vestirse con algo si no es del pensamiento de su amado. Y no es un capricho pasajero. No, desea siempre y para siempre permanecer desnudo en un olvido total y definitivo de sí mismo. Esta es la tarea del amor, si bien sólo el que lo experimente lo podrá entender realmente. Tal es el significado de las palabras de nuestro Señor: «El que quiera amarme, niéguese a sí mismo». Es como si dijera: «El hombre ha de despojarse de su mismo yo, si es que quiere sinceramente ser vestido de mí, pues yo soy el vestido que fluye del amor eterno y sin fin».

Y así, cuando en esta obra empieces a darte cuenta de que percibes y experimentas tu yo y no a Dios, llénate de sincera tristeza y anhela con todo tu corazón ser absorbido totalmente en la experiencia de Dios solo. No ceses de desear la pérdida de ese despreciable conocimiento y conciencia corrupta de tu ciego ser. Ansía huir de ti mismo como de un veneno. Olvida y desprecia tu yo tan despiadadamente como manda el Señor.

No entiendas mal mis palabras. No dije que debas desear no-ser, pues eso sería locura y blasfemia contra Dios. Dije que debes desear perder el conocimiento y la experiencia del yo. Esto es esencial, si quieres llegar a experimentar el amor de Dios tanto como es posible en esta vida. Has de comprender y experimentar por ti mismo que si no pierdes tu yo, no alcanzarás nunca tu meta.

Pues dondequiera que estés, en cualquier cosa que hagas, o de cualquier modo que lo intentes, esa elemental sensación de tu propio ser ciego quedará entre ti y tu Dios. Es posible, por supuesto, que Dios pueda intervenir a veces, llenándote con una experiencia pasajera de él mismo. Pero fuera de estos momentos esta desnuda conciencia de tu ciego ser te pesará y será como una barrera entre ti y tu Dios, lo mismo que al principio de esta obra los variados detalles de tu ser fueron como una barrera para la conciencia directa de tu yo. Entonces te darás cuenta de lo pesado y doloroso que es el peso del yo. Que Jesús te ayude en esa hora, pues tendrás gran necesidad de él.

Toda la miseria del mundo junta te parecerá como nada al lado de esta, pues entonces serás una cruz para ti mismo. Este es, sin embargo, el camino para nuestro Señor y el significado real de sus palabras: «Que el hombre tome su cruz» (la dolorosa cruz del yo), para que después pueda «seguirme a la gloria», o, como si dijéramos, «al monte de la perfección». Pero escucha su promesa: «Le haré saborear la delicia de mi amor en la inefable experiencia de mi divina persona». Fíjate en lo necesario que es llevar este peso doloroso, la cruz del yo. Sólo así estarás preparado para la experiencia trascendente de Dios tal como es y para la unión con él en la consumación del amor.

Y ahora, a medida que esta gracia te toca y te llama, podrás ver y apreciar más y más el valor altísimo de la obra contemplativa.


12 y 13

sábado, 11 de marzo de 2017

Los estrechos límites del lenguaje humano ante los frutos de la perfección.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Pero quizá tus insaciables facultades han estado ya ocupadas examinando lo que he dicho sobre la obra contemplativa. Están inquietas porque está por encima de su habilidad y te han dejado perplejo y dubitativo sobre este camino a Dios. En realidad, no ha de sorprender. Porque, en el pasado, dependiste tanto de ellas que ahora no puedes darles de mano fácilmente, aun cuando la obra contemplativa exige que lo hagas. Al presente, sin embargo, veo que tu corazón está turbado e inquieto por todo esto. ¿Es realmente tan grato a Dios como te digo? Y si lo es, ¿por qué? Quiero contestar a todo esto, pero quiero que comprendas que precisamente estas cuestiones surgen de una mente tan inquisitiva que de ningún modo te dejarán en paz para asentir a esta actividad, hasta que su curiosidad no haya sido apaciguada en cierta medida por una explicación racional. Y puesto que este es el caso, no me puedo negar a ello. Complaceré a tu soberbio intelecto, descendiendo al nivel de tu presente comprensión, a fin de que después tú puedas remontarte al mío, confiando en mi orientación y no poniendo trabas a tu docilidad. Apelo a la sabiduría de san Bernardo, quien afirma que la perfecta docilidad no pone trabas.

Pones trabas a tu docilidad cuando vacilas en seguir la orientación de tu padre espiritual antes de que tu propio juicio la haya ratificado. ¡Mira cómo deseo ganar tu confianza! Sí, yo realmente lo quiero y lo conseguiré. Ahora bien, es el amor lo que me mueve, más que cualquier otra habilidad personal, grado de conocimiento, profundidad de comprensión o adelanto en la misma contemplación. De todos modos, espero y pido a Dios que supla mis deficiencias, pues mi conocimiento es sólo parcial mientras que el suyo es completo.

Ahora, para satisfacer tu orgulloso intelecto, cantaré las alabanzas de esta actividad. Créeme, si un contemplativo tuviera lengua y palabras para expresar su experiencia, todos los sabios de la cristiandad quedarían mudos ante su sabiduría. Sí, porque en comparación, todo el conocimiento humano junto aparecería como simple ignorancia. No te sorprendas, pues, si mi desmañada y humana lengua no acierta a explicar su valor de manera adecuada. Y no quiera Dios que la experiencia misma degenere tanto que tenga que adaptarse a los estrechos límites del lenguaje humano. ¡No, no es posible y nunca lo será; y no quiera Dios que yo lo desee alguna vez! Lo que podemos decir de ella no es ella, sino sólo sobre ella. No obstante, puesto que no podemos decir lo que es, tratemos de describirla, para confusión de todos los intelectos soberbios, especialmente del tuyo, que es la razón verdadera por la que escribo esto ahora.

Comenzaré haciéndote una pregunta. Dime, ¿cuál es la sustancia de la perfección última del hombre y cuáles son los frutos de esta perfección? Contestaré por ti. La más alta perfección del hombre es la unión con Dios en la consumación del amor, un destino tan alto, tan puro en sí mismo y tan por encima del pensamiento humano que no puede ser conocido o imaginado tal como es. Siempre que encontramos sus frutos, sin embargo, podemos suponer que se da en abundancia. Al declarar, por tanto, la dignidad de la obra contemplativa sobre las demás, debemos primero distinguir los frutos de la perfección última del hombre.

Estos frutos son las virtudes que deben abundar en todo hombre perfecto. Ahora bien, si estudias cuidadosamente la naturaleza de la obra contemplativa y consideras después la esencia y la manifestación de cada virtud por separado, descubrirás que todas las virtudes se encuentran clara y distintamente contenidas en la contemplación misma, no deterioradas por una voluntad retorcida o egoísta.

No mencionaré aquí ninguna virtud particular, ya que no es necesario y, además, has leído sobre ellas en mis otros libros. Bastará con decir que la obra contemplativa, cuando es auténtica, es ese amor reverente, ese fruto sazonado y cosechado del corazón de un hombre del que te hablé en mi pequeña Carta sobre la Oración. Es la nube del no-saber, el amor secreto plantado hondamente en un corazón indiviso, el Arca de la Alianza. Es la teología mística de Dionisio, lo que él llama su sabiduría y su tesoro, su luminosa oscuridad y su entender no entendiendo. Es lo que te lleva al silencio por encima del pensamiento y de las palabras y lo que hace tu oración sencilla y breve. Y es lo que te enseña a olvidar y repudiar todo lo que es falso en el mundo.

Hay más todavía. Es lo que te enseña a olvidar y repudiar tu mismo yo, según la exigencia del Evangelio: «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga». En el contexto de todo lo que hemos venido diciendo sobre la contemplación, es como si Cristo dijera: «El que quiera venir humildemente en pos de mi -a la alegría de la eternidad o al monte de la perfección-...». Cristo fue delante de nosotros porque este era su destino por naturaleza; nosotros vamos en pos de él por gracia. Su naturaleza divina tiene una categoría superior en dignidad que la gracia, y la gracia la tiene más alta que nuestra naturaleza humana. En estas palabras nos enseña que podemos seguirle al monte de la perfección tal como se experimenta en la contemplación, sólo a condición de que él nos llame primero y nos conduzca allí por la gracia.

Esta es la verdad absoluta. Y quiero que entiendas (y otros como tú que puedan leer esto) una cosa muy claramente. Aunque yo te he animado a seguir el camino de la contemplación con simplicidad y rectitud, estoy seguro, no obstante, sin duda o miedo a equivocarme, de que Dios todopoderoso, independientemente de todas las técnicas, ha de ser siempre el agente principal de toda contemplación. Es él quien ha de despertar en ti este don por la gracia. Y lo que tú y otros como tú habéis de procurar es haceros completamente receptivos, consintiendo y sufriendo su divina acción en las profundidades de vuestro espíritu. El consentimiento pasivo y la perseverancia que aportáis a la obra es, sin embargo, una actitud específicamente activa. Pues por la unicidad de tu deseo, dirigido en anhelo constante hacia tu Señor, te abres continuamente a su acción. Todo ello, sin embargo, lo aprenderás por ti mismo a través de la experiencia y de la comprensión de la sabiduría espiritual.

Pero puesto que Dios en su bondad mueve y toca a diferentes personas de diferentes maneras (a algunas a través de causas segundas y a otras directamente), ¿quién se atreve a decir que no pueda tocarte a ti, y a otros como tú, a través y por medio de este libro? Yo no merezco ser su servidor, mas en sus designios misteriosos puede operar a través de mí, si así lo quiere, pues es libre de obrar como le plazca. Pero supongo que, después de todo, no entenderás realmente esto hasta que no te lo confirme tu propia experiencia contemplativa. Digo simplemente esto: prepárate a recibir el don del Señor escuchando sus palabras y dándote cuenta de su pleno significado. «Quien quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo». Y dime, ¿de qué mejor manera puede uno abandonarse y despreciarse a sí mismo y al mundo que negándose a volver su mente hacia lo uno o lo otro ni hacia nada relacionado con ellos?


10 y 11

miércoles, 1 de marzo de 2017

La contemplación trasciende toda razón.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Pero ¿dónde encontrar una persona tan enteramente comprometida y tan firmemente anclada en la fe, tan sinceramente transparente y verdadera que ha reducido su yo a nada, por así decir, y tan exquisitamente alimentada y guiada por el amor de Dios? ¿Dónde encontraremos una persona amante rica en experiencia trascendente que tiene conocimiento vivo de la omnipotencia del Señor, de su inefable sabiduría y bondad radiante? ¿Alguien que perciba la unidad de su presencia esencial en todas las cosas y la unicidad de todas ellas en él, tan bien que someta todo su ser a él, en él, y convencida por su gracia de que si no lo hace nunca será totalmente transparente y sincera en su esfuerzo por reducir a nada su propio yo? ¿Dónde está ese hombre sincero que, llevado de su noble resolución de reducir a nada su propio yo y con el alto deseo de que Dios sea todo en la perfección del amor, merezca experimentar la vigorosa sabiduría y bondad de Dios que le socorre, le ampara y le guarda de sus enemigos de dentro y de fuera? Ese hombre estará ciertamente henchido del amor de Dios y en la plena y final pérdida del yo hasta llegar a nada o menos que nada, si esto fuera posible; y así permanecerá firme y sin que le puedan perturbar ni una actividad febril, ni el trabajo, ni la preocupación por su propio bienestar.

¡Quedaos con vuestras objeciones humanas, hombres de corazón dividido! Aquí tenéis una persona tan tocada por la gracia que puede entregarse a sí misma en un sincero y total olvido de sí. No me digáis que está tentando a Dios por alguna elucubración racional. Decís eso, porque vosotros mismos no os atrevéis a hacerlo. No, contentaos con vuestra vocación a la vida activa; ella os llevará a la salvación. Pero dejad en paz a estas otras personas. Lo que hacen está por encima de la comprensión de vuestra razón, y por lo mismo, no os debéis extrañar o sorprender por sus palabras y obras.

¡Oh, qué vergüenza! ¿Hasta cuándo seguiréis oyendo o leyendo esto sin creerlo y aceptarlo? Me refiero a todo lo que nuestros padres escribieron y hablaron en los tiempos pasados, a lo que es la flor y nata de las Escrituras. O estáis tan ciegos que la luz de la fe ya no puede ayudaros a entender lo que leéis, o estáis tan envenenados por una secreta envidia, que sois incapaces de creer que un bien tan grande pueda llegar a vuestros hermanos y no a vosotros. Creedme, si sois sensatos, estaréis vigilando a vuestro enemigo y sus insidias; pues lo que quiere es que confiéis más en vuestra propia razón que en la antigua sabiduría de nuestros padres verdaderos, el poder de la gracia y los designios de nuestro Señor.

Cuántas veces no habéis leído o escuchado en los santos, sabios y seguros escritos de los padres, que tan pronto como nació Benjamín, su madre, Raquel, murió. Aquí Benjamín representa la contemplación, y Raquel la razón. Cuando uno está tocado por la gracia de la auténtica contemplación (como lo está él en su noble resolución de reducir su yo a nada, y en su alto deseo de que Dios lo sea todo), en cierto sentido podemos decir que la razón muere. ¿Y no habéis leído y oído esto con frecuencia en las obras de varios autores santos y sabios? ¿Qué es lo que os detiene para creerlo? Y si lo creéis, ¿cómo os atrevéis a dejar que vuestro curioso intelecto divague entre las palabras y obras de Benjamín? Porque Benjamín es figura de todos los que han sido arrebatados por encima de sus sentidos en un éxtasis de amor, y de ellos dice el profeta: «Allí Benjamín, el pequeño, abriendo marcha». Os lo advierto: vigilad para que no lleguéis a imitar a esas madres desgraciadas que mataron a sus hijos apenas nacieron. Velad, no sea que os ocurra que acometáis a toda fuerza con vuestro venablo atrevido contra el poder, sabiduría y designios del Señor. Yo sé que sólo queréis realizar sus planes; pero, si no tenéis cuidado, podéis erróneamente destruirlos en la ceguera de vuestra inexperiencia.

En la primitiva Iglesia, cuando la persecución era común, toda clase de personas (sin preparación especial de prácticas piadosas y devocionales) estaban tan maravillosa y espontáneamente tocadas por la gracia, que sin otro recurso ulterior a la razón corrían a la muerte con los mártires. Leemos de artesanos que arrojaron sus herramientas y de niños de escuela que abandonaron sus libros, tan grande era su ansia de martirio. En nuestro tiempo, la Iglesia está en paz, pero ¿es tan difícil creer que Dios puede y quiere tocar los corazones de toda clase de gente con la gracia de la oración contemplativa en el mismo sentido maravilloso e imprevisto? ¿Es tan extraño el que quiera y de hecho haga esto? No, y yo estoy convencido de que Dios en su gran bondad continúa actuando como quiere en los que elige, y de que finalmente podrá verse su bondad en toda su dimensión para asombro de todo el mundo. Y todo el que esté gozosamente determinado a reducir su yo a nada y ansiosamente anhele que Dios sea todo, se verá protegido de la embestida de sus enemigos internos y externos, por la bondad gratuita de Dios mismo. No necesita ordenar sus defensas, pues con una gran fidelidad propia de su bondad, Dios protegerá infaliblemente a aquellos que, absortos en su amor, se han olvidado de sí mismos. ¿Puede sorprendernos, por tanto, que estén tan maravillosamente seguros? No, porque la verdad y la docilidad les han hecho perder el miedo y estar fuertes en el amor.

Pero quien no se atreve a abandonarse a Dios y critica a otros que lo hacen, manifiesta un vacío interior. Porque, o el enemigo ha robado de su corazón la confianza amorosa que debe a su Dios y el espíritu de buena voluntad que debe a sus hermanos cristianos, o de lo contrario no está todavía lo suficientemente anclado en la docilidad y en la verdad para ser un verdadero contemplativo. Tú, sin embargo, no debes temer entregarte a una radical dependencia de Dios ni abandonarte al sueño de la contemplación ciega u oscura de Dios tal cual es, lejos del tumulto del mundo corrompido, del enemigo engañoso y de la carne débil. Nuestro Señor estará a tu lado dispuesto a socorrerte, guardará tus pasos para que no caigas.

No sin razón vinculo esta actividad al sueño. Pues en el sueño las facultades naturales cesan de su trabajo y todo el cuerpo permanece en pleno reposo, reponiéndose y renovándose. De una manera semejante, en este sueño espiritual, esas facultades espirituales siempre en movimiento, la imaginación y la razón, quedan completamente recogidas y vacías del todo. Feliz el espíritu, entonces, pues queda libre para dormir un sueño saludable y descansar en quietud contemplando amorosamente a Dios tal cual es, mientras que todo el hombre interior se repone y renueva maravillosamente.

¿Ves ahora por qué te dije que recogieras tus facultades negándote a trabajar con ellas y, en cambio, ofrecieras a Dios la desnuda y ciega conciencia de tu propio ser? Pero ahora te repito: asegúrate de que está desnuda y no vestida con cualquier idea sobre los atributos de tu ser. Podrías estar inclinado a vestirla con ideas sobre la dignidad y bondad de tu ser o con interminables detalles relativos a la naturaleza del hombre o a la naturaleza de las demás criaturas. Pero, tan pronto como hagas esto, habrás dado pábulo a tus facultades y tendrán la fuerza y oportunidad de conducirte a toda suerte de cosas. Te aviso, antes de que lo experimentes; tu atención quedará dispersa y te encontrarás a ti mismo distraído y abrumado. Guárdate de esta trampa, te lo suplico.

8 y 9

domingo, 26 de febrero de 2017

Caminarás seguro y tu pie no tropezará.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Entonces caminarás seguro y tu pie no tropezará. Esto significa que cuando, con la experiencia, esta obra interior se hace un hábito espiritual, no serás fácilmente seducido o apartado de ella por las dudas impertinentes de tus facultades naturales, aunque al principio te sea difícil resistirlas. Podríamos expresar esto mismo de la siguiente manera: «Entonces caminarás seguro y tu pie no tropezará ni caerás en ninguna clase de ilusión que surja de la insaciable búsqueda de tus facultades». Y ello porque, como te dije más arriba, en la obra de contemplación toda su búsqueda inquisitiva queda totalmente rechazada y olvidada, a menos que la inclinación humana a la falsía contamine la conciencia desnuda de tu ciego ser y te aparte de la dignidad de esta obra.

Cualquier pensamiento particular de las criaturas que penetre en tu mente, además o en vez de esa simple conciencia de tu desnudo ser (que es tu Dios y tu deseo de él), te arrastra a la actividad de tus sutiles e inquisitivas facultades. Entonces ya no estás totalmente presente a ti mismo ni a tu Dios, y esto aumenta la fragmentación y dispersión de toda concentración en su ser y en el tuyo. Por eso, con la ayuda de su gracia y a la luz de la sabiduría que nace de la perseverancia en esta obra, mantente recogido y abismado en las profundidades de tu ser cuantas veces puedas.

Como ya te he explicado, esta simple obra no es contraria a tus actividades diarias. Con tu atención centrada en la ciega conciencia de tu puro ser unido al de Dios, podrás realizar tus faenas diarias, comer y beber, dormir y pasear, ir y venir, hablar y escuchar, acostarte y levantarte, estar de pie o de rodillas, correr o montar a caballo, trabajar o descansar. En medio de todo esto puedes ofrecer a Dios cada día el más preciado don que puedes hacerle. Esta obra estará en el centro de todo lo que haces, sea activo o contemplativo.

Dice también Salomón en este pasaje que, si te duermes en esta oscura contemplación, lejos del ruido y de la agitación del maligno, del mundo engañador y de la carne frágil, no temerás ningún peligro ni ningún engaño del enemigo. Pues, sin duda, cuando el enemigo te descubra en esta obra, quedará totalmente aturdido, y cegado por una ignorancia de muerte ante lo que haces, se verá arrastrado por una loca curiosidad de averiguarlo. Pero no te preocupes, pues reposarás en la amorosa unión de tu espíritu con el de Dios. Y tu sueño te será bueno; sí, porque te reportará una profunda fortaleza espiritual y un alimento que renovará tanto tu cuerpo como tu espíritu. Salomón confirma esto cuando dice a continuación: es la salud completa para la carne. Quiere decir simplemente que dará la salud a la fragilidad y enfermedad de la carne. Y así será, pues toda enfermedad y corrupción vino sobre la carne cuando el hombre abandonó esta obra. Pero, cuando con la gracia de Jesús (que es siempre el principal agente en la contemplación), el espíritu vuelva a ella, la carne quedará completamente curada. Y debo recordarte que sólo por la misericordia de Jesús y tu amoroso consentimiento podrás esperar conseguirlo. Por eso uno mi voz a la de Salomón cuando habla en este pasaje, y te animo a permanecer firme en esta obra, ofreciendo continuamente a Dios tu pleno consentimiento en la alegría del amor.

No temerás el espanto repentino, ni la agresión de algún malvado... El sabio dice aquí lo siguiente: «No te dejes vencer por el miedo angustioso si el enemigo viene (como vendrá) con repentina saña, golpeando y martilleando en las paredes de tu casa; o si mueve alguno de sus poderosos agentes a que se levanten repentinamente y te ataquen sin previo aviso». Seamos claros en esto: el enemigo se ha de tomar en serio. Todo el que comienza esta obra (no importa quién sea) está expuesto a sentir, oler, gustar u oír algunos efectos sorprendentes amañados por este enemigo en uno u otro de sus sentidos. No te extrañes, por tanto, si llega a suceder. No hay nada que no quiera intentar a fin de echarte abajo de las alturas de una obra tan valiosa. Y por eso te digo que vigiles tu corazón en el día del sufrimiento, esperando con gozosa confianza en el amor de tu Señor. Pues el Señor está a tu lado y tu pie no tropezará. Sí, estará muy cerca de ti, pronto a ayudarte.

Tu pie no tropezará... El pie de que habla aquí es el amor por el cual asciendes a Dios. Y promete que Dios te protegerá a fin de que no seas vencido por los ardides y engaños de tus enemigos. Estos, naturalmente, son el diablo y toda su corte, el mundo engañoso y la carne.

Amigo mío, ¡fíjate! Nuestro poderoso Señor, él que es amor, él que está lleno de sabiduría y de poder, él mismo guardará, defenderá y socorrerá a todos los que se olvidan totalmente de sí mismos y ponen su amor y confianza en él.
7

jueves, 23 de febrero de 2017

La alta Sabiduría del Dios trascendente.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Por su misma naturaleza, este ejercicio le abre a uno a la alta sabiduría del Dios trascendente, que desciende amorosamente a las profundidades del espíritu del hombre, uniéndole y ligándole a Dios en delicado y espiritual conocimiento. Como alabanza de esta gozosa y exquisita actividad el sabio Salomón prorrumpe alborozado y dice:

Feliz el hombre que ha encontrado la sabiduría,
dichoso el que alcanza la inteligencia.
Mejor es andar en busca de sabiduría
que en busca de plata.

No hay tesoro escondido que te dé mejor provecho...
Hijo mío, actúa en todo con reflexión y prudencia,
no las pierdas de vista
y te servirán de adorno.

Entonces caminarás seguro y tu pie no tropezará,
no tendrás miedo al acostarte,
reposarás y tu sueño te será bueno.

No temerás el espanto repentino, ni la agresión
de algún malvado.
Yahvé estará a tu lado y cuidará que tu pie
no se prenda en la red.

Explicaré el significado oculto de lo que aquí se dice. Feliz, en verdad, es ese hombre que encuentra la sabiduría que le unifica y le une a Dios. Feliz aquel que ofreciendo a Dios la oscura conciencia de su propio yo enriquece su vida interior con una ciencia amorosa, delicada y espiritual que trasciende con mucho todo conocimiento connatural o adquirido. Vale mucho más esta sabiduría y el sosiego de esta obra interior, llena de delicadeza y de finura, que poseer oro y plata. En este pasaje, el oro y la plata simbolizan todo conocimiento de los sentidos y del espíritu. Nuestras facultades espirituales adquieren este oro y plata concentrándose en las cosas que están o por debajo de nosotros o dentro de nosotros o al mismo nivel que nosotros, en las meditaciones sobre los atributos del ser de Dios o el ser de las criaturas.

Después continúa diciendo por qué esta obra interior es mejor, al afirmar que es el primero y más puro de los frutos del hombre. Y no es extraño si tienes en cuenta que la alta sabiduría espiritual conseguida en este trabajo brota libre y espontáneamente del fondo más profundo e íntimo del espíritu. Es una sabiduría oscura e informe, que está muy lejos de todas las fantasías de la razón o de la imaginación. Jamás la fatiga y el esfuerzo de las facultades naturales serán capaces de producir algo semejante. Pues lo que producen, por sublime o sutil que sea, comparado con esta sabiduría, es poco más que la fingida vacuidad de la ilusión. Está tan distante de la verdad, visible a la luz radiante del sol espiritual, como la palidez de los rayos de la luna en una noche de invierno lo están del esplendor del sol en el día más claro en pleno verano.

Luego Salomón prosigue aconsejando a su hijo guardar esta ley y consejo, en que están perfectamente contenidos todos los mandamientos y leyes del Antiguo Testamento, sin esforzarse de modo especial en concentrarse en alguno de ellos en particular. Esta obra interior se llama ley simplemente porque incluye en sí misma todas las ramas y frutos de la ley entera. Pues si la examinas con detenimiento, podrás averiguar que su vitalidad está enraizada y fundamentada en el glorioso don del amor que es, como enseña el Apóstol, la perfección de toda ley. «La perfección de la ley es el amor».


Te digo, pues, que si guardas esta ley del amor y este consejo vivificador, será realmente la vida de tu espíritu, como dice Salomón. En tu interior conocerás el reposo de morar en el amor de Dios. Hacia él exteriormente, toda tu personalidad unificada irradiará la belleza de su amor, pues con una fidelidad indefectible te inspirará la respuesta más adecuada en tu trato con tus hermanos cristianos. Y de estas dos actividades (el amor interior de Dios y la expresión externa de tu amor a los demás) penden toda la ley y los profetas, como dicen las Escrituras. Después, a medida que te perfecciones en la obra del amor, tanto de dentro como de fuera, irás adelantando en tu camino apoyado en la gracia (tu guía en este viaje espiritual), ofreciendo amorosamente tu ciego y puro ser al glorioso ser de tu Dios. Aunque son distintos por naturaleza, la gracia los ha hecho uno.
6