martes, 11 de abril de 2017

"Es necesario que yo me vaya" (Jn 16:17).- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


En la vida de Cristo tenemos una poderosa ilustración de todo cuanto he intentado decir. Aunque no hubiera habido mayor perfección en esta vida que verle y amarle en su humanidad, no creo que hubiera ascendido a los cielos mientras perdurase este siglo, ni que retirara su presencia física de sus amigos de la tierra que tanto le amaban. Pero una más alta perfección era posible al hombre en esta vida: la experiencia puramente espiritual de amarle en su Divinidad. Por esta razón dijo a sus discípulos que estaban poco dispuestos a dejar su presencia física (lo mismo que tú estás poco dispuesto a dejar las reflexiones especulativas de tus sutiles y sabias facultades), que para su propio bien debía apartar su presencia física de ellos. Les dijo: «Es necesario que yo me vaya», dando a entender: «Es necesario para vosotros que yo me separe físicamente de vosotros». El santo doctor de la Iglesia, san Agustín, comentando estas palabras dice: «Si la forma de su humanidad no se hubiera quitado de sus ojos, el amor hacia él en su Divinidad nunca hubiera penetrado en sus ojos espirituales». Y por eso te digo que en cierto momento es necesario abandonar la meditación discursiva y aprender a gustar algo de esa profunda y espiritual experiencia del amor de Dios.

Abandonado a la gracia de Dios que te conducirá y te guiará, podrás llegar a esta honda experiencia de su amor siguiendo la senda que he trazado ante ti en estas páginas. Ello exige que tú te esfuerces siempre más y más por llegar a la conciencia desnuda de tu yo, ofreciendo constantemente tu ser a Dios como tu más preciado don. Pero te recuerdo una vez más: fíjate en que esté desnudo, no sea que caigas en el error. Cuanto más desnuda sea esta conciencia, más terriblemente doloroso te será al principio permanecer en ella cualquier duración de tiempo, ya que, como he explicado, tus facultades no encontrarán en ella alimento para sí mismas. Pero no hay daño en esto; de hecho, estoy complacido realmente. Sigue adelante. Déjalas que ayunen un poco de su natural deleite en conocer. Con razón se ha dicho que el hombre, por naturaleza, desea conocer. Pero, al mismo tiempo, es también verdad que ningún conocimiento natural o adquirido le llevará a gustar la experiencia espiritual de Dios, pues es un puro don de la gracia. Por eso te insto; ve en pos de la experiencia más que del conocimiento. Con respecto al orgullo, el conocimiento puede engañarte con frecuencia, pero este afecto delicado y dulce no te engañará. El conocimiento tiende a fomentar el engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento está lleno de trabajo, pero el amor es quietud.

Quizá puedas decir: «¿Quietud? ¿De qué estará hablando? Todo lo que siento es zozobra y dolor, no descanso. Cuando intento seguir este consejo, el sufrimiento y la lucha me salen al encuentro por todos lados. Por un lado, mis facultades me azuzan a dejar esta obra, y yo no quiero; por otro, anhelo perder la experiencia de mí mismo y experimentar sólo a Dios, y no puedo. La lucha y el dolor me asaltan por todas partes. ¿Cómo puede hablar de descanso? Si esto es descanso, raro descanso es».

Mi respuesta es sencilla. Encuentras esta actividad difícil porque no estás acostumbrado a ella. Si estuvieras acostumbrado y comprendieras su valor, no la abandonarías por todos los goces materiales del mundo. Sí, lo sé, es difícil y trabajosa. Pero a pesar de ello, la llamo descanso porque tu espíritu descansa en una libertad alejada de toda duda y ansiedad acerca de lo que ha de hacer; y porque durante el tiempo real de la oración está seguro en el conocimiento de que no errará mayormente.

Así, pues, persevera en ella con humildad y gran deseo, ya que es una obra que comienza aquí en la tierra y que seguirá en la eternidad sin fin. Pido que Jesús todopoderoso te lleve a ti y a todos los que ha redimido con su preciosa sangre a su gloria. Amén.
23 y 24

lunes, 3 de abril de 2017

Cruzando el "océano espiritual" entre la carne y el espíritu.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Aprenderás a darte cuenta de que todo lo que he escrito sobre estas dos señales y sus maravillosos efectos es cierto. Y sin embargo, después de que hayas experimentado alguno de ellos, o quizá todos, llegará un día en que desaparezcan, dejándote, como si dijéramos, árido, o, en tu opinión, peor que árido. Habrá desaparecido tu nuevo fervor pero también tu habilidad para meditar como habías hecho durante tanto tiempo anteriormente. ¿Qué hacer entonces? Sentirás como si hubieras caído en alguna parte entre dos caminos sin tener ninguno, pero intentando agarrarte a los dos. Y así será, pero no te desanimes demasiado. Súfrelo humildemente y espera con paciencia para que nuestro Señor obre como quiera. Pues ahora te encuentras en lo que yo llamaría una especie de océano espiritual, en viaje desde la vida de la carne hasta la vida en el espíritu.

Durante este viaje surgirán sin duda grandes tempestades y tentaciones, dejándote aturdido y sin saber a qué camino volverte para encontrar ayuda, pues tu afecto se sentirá privado tanto de tu gracia ordinaria como de tu gracia especial. Te repito: no temas. Aun cuando pienses que tienes grandes motivos para temer, no te angusties. Por el contrario, mantén en tu corazón una cordial confianza en nuestro Señor, o, en todo caso, haz lo que puedas según las circunstancias. Ciertamente, él no está lejos y quizá en cualquier momento se volverá hacia ti tocándote más intensamente que en el pasado con una reavivación de la gracia contemplativa. Entonces, mientras dura, sentirás que estás curado y que todo va bien. Pero, cuando menos lo esperes, se irá de nuevo, y otra vez te sentirás abandonado en tu barco, de acá para allá, sin saber dónde. Vendrá a su propia hora. Con fuerza y más maravillosamente que antes vendrá en tu ayuda y aliviará tu angustia. Volverá tantas veces como se vaya.

Y si aguantas virilmente todo esto con amor dócil, cada venida será más maravillosa y más gozosa que la última. Recuerda que todo lo que hace, lo hace con una intención sabia; quiere que llegues a ser tan dúctil espiritualmente y tan moldeado a su voluntad como un fino guante de cabritilla a tu mano.

Y así, unas veces irá y otras vendrá, de manera que tanto con su presencia como con su ausencia pueda prepararte, educarte e introducirte en las profundidades secretas de tu espíritu para esta obra. En la ausencia de todo entusiasmo te enseñará el significado real de la paciencia. Desaparecido tu entusiasmo, podrás pensar que le has perdido también a él, pero no es así; sólo quiere enseñarte la paciencia. Mas no te equivoques sobre esto; Dios puede a veces retirar las suaves emociones, el entusiasmo gozoso y los ardientes deseos, pero nunca retira su gracia de los que ha elegido, excepto en caso de pecado mortal. Estoy seguro de ello. Por lo demás, las emociones, el entusiasmo y los deseos no son en sí mismos gracia, sino regalos de la gracia. Y estos los puede retirar con frecuencia, unas veces para fortalecer nuestra paciencia; otras, por otras razones, pero siempre para nuestro bien espiritual, aunque quizá nunca lo entendamos.

Debemos recordar que la gracia, en sí misma, es tan alta, tan pura y tan espiritual que nuestros sentidos y emociones son de hecho incapaces de experimentarla. El fervor sensible que experimentan son los regalos de la gracia, no la gracia misma.

Estos los retirará el Señor de vez en cuando para ahondar y madurar nuestra paciencia. También lo hace por otras razones, pero no entraré ahora en ellas. Sigamos más bien con nuestro tema.

Aunque puedas llamar a las delicias del fervor sensible la llegada del Señor, estrictamente hablando no es así. Nuestro Señor alimenta y fortalece tu espíritu por la excelencia, la frecuencia y la hondura de estos favores, que a veces acompañan a la gracia a fin de que puedas vivir perseverantemente en su amor y servicio. Pero él obra en dos sentidos. Por un lado aprendes la paciencia en su ausencia, y por otro te robusteces con el alimento generoso y vivificador que te proporcionan con su venida. Nuestro Señor te modela así por medio de ambos, hasta hacerte gozosamente dócil y tan suavemente plegable que pueda conducirte finalmente a la perfección espiritual y a la unión con su voluntad, que es el amor perfecto. Entonces estarás tan dispuesto y a punto para abandonar todo sentimiento de consuelo cuando él lo considere mejor, como a gozarlos sin cesar.

En este tiempo de sufrimiento, además, tu amor se hace casto y perfecto. Entonces podrás ver a tu Señor y su amor, y te convertirás en una sola cosa con él por su amor, experimentándole desnudamente en el ápice soberano de tu espíritu. Aquí, totalmente despojado del yo y vestido de nada más que de él, le experimentarás tal cual es, desnudo de todos los adornos de los deleites sensibles, aunque sean los placeres más suaves y sublimes de la tierra. Esta experiencia será ciega, como ha de ser en esta vida; sin embargo, con la pureza de un corazón indiviso, totalmente alejado de la ilusión y del error propio del hombre mortal, percibirás y sentirás que es él realmente y sin lugar a engaño.

La mente, finalmente, que ve y experimenta a Dios tal cual es en su desnuda realidad, no está más separada de él de lo que lo está de su propio ser, que, como sabemos, es uno en esencia y naturaleza. Pues así como Dios es uno con su ser, pues son una y la misma cosa por naturaleza, de la misma manera, el espíritu que ve y experimenta a Dios es uno con aquel a quien ve y experimenta, porque se han convertido los dos en uno por gracia.
20 y 21

domingo, 2 de abril de 2017

Signos y pruebas del despertar contemplativo.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Después de todo lo que he dicho sobre las dos vocaciones a la vida de gracia, veo que surge una pregunta en tu mente. Quizá estés pensando algo parecido a esto:

«Dime, por favor, ¿hay uno o más signos que me ayuden a discernir este creciente deseo que siento por la oración contemplativa, y este embriagador entusiasmo que se apodera de mí siempre que oigo hablar o leo sobre él? ¿Es Dios realmente el que me llama a través de ellos a una vida más intensa de gracia tal como la has descrito en este libro, o es que los da como un simple alimento y fuerza para mi espíritu, de forma que pueda esperar sosegadamente y trabajar en esa gracia ordinaria que tú llamas la puerta y la entrada común para todos los cristianos?».

Contestaré lo mejor que pueda.

Ante todo, advertirás que te he dado dos clases de pruebas para discernir si Dios te llama o no espiritualmente a la contemplación. Una era interior y la otra exterior. Mi convicción es que para discernir un llamamiento a la contemplación, ninguna de las dos, por sí sola, es prueba suficiente. Han de ir juntas, indicando las dos la misma cosa, antes de que puedas confiar en ellas sin miedo de equivocarte.

La señal interior es ese deseo creciente por la contemplación que se mete constantemente en tus devociones diarias. Y puedo decirte además lo siguiente sobre este deseo. Es un ciego anhelo del espíritu y, sin embargo, viene acompañado de una especie de visión espiritual que persiste después de él, y que renueva el deseo y lo acrecienta. (Llamo ciego a este deseo, porque semeja la facultad de moción del cuerpo como en el tacto o al andar, que como tú sabes no se dirige directamente a sí mismo y es, por tanto, en cierto sentido, ciego). Así, pues, observa cuidadosamente tus devociones diarias y fíjate en lo que sucede. Si están llenas del recuerdo de tus propios pecados, de consideraciones de la Pasión de Cristo o de otra cosa cualquiera perteneciente a la forma ordinaria de oración cristiana que he descrito anteriormente, has de saber que la intuición espiritual que acompaña y sigue a este ciego deseo es fruto de la gracia ordinaria. Y esta es una señal segura de que Dios todavía no te mueve ni te llama a una vida más intensa de gracia. Te da, más bien, este deseo como alimento y fuerza para seguir esperando tranquilamente y actuando con la gracia ordinaria.

La segunda señal es exterior y se manifiesta como un entusiasmo gozoso que mana desde tu interior, siempre que oyes o lees sobre contemplación. La llamo exterior, porque se origina fuera de ti y entra en tu mente a través de las ventanas de tus sentidos corporales (tus ojos y tus oídos), cuando lees. Por lo que respecta al discernimiento de esta señal, fíjate en si persiste este gozoso entusiasmo, quedando contigo cuando has dejado tu lectura. Si desaparece inmediatamente o poco después y no te persigue en todo lo que haces, sábete que no es un toque especial de la gracia. Si no está contigo cuando vas a dormir y al levantarte, y si no va delante de ti, introduciéndose en todo lo que haces, encendiendo y robando tu deseo, no es la llamada de Dios a una vida más intensa de gracia, más allá de lo que llamo la puerta común y la entrada para todos los cristianos. En mi opinión, su misma transitoriedad demuestra que es simplemente la alegría natural que todo cristiano siente cuando lee u oye sobre la verdad y más especialmente una verdad como esta, que tan profunda y sutilmente habla de Dios y de la perfección del espíritu humano.

Pero si el gozoso entusiasmo que se apodera de ti cuando lees u oyes sobre la contemplación es realmente el toque de Dios que te llama a una vida más alta de gracia, notarás efectos muy diferentes. Será tan abundante que te acompañará al lecho por la noche y se levantará contigo por la mañana. Te seguirá a través del día en todo lo que hagas, penetrando en tus devociones diarias como una barrera entre ellas y tú.

Parecerá además que se presenta simultáneamente con ese ciego deseo que, mientras tanto, sigue creciendo silenciosamente en intensidad. El entusiasmo y el deseo pueden parecer ser parte uno de otro. Tanto es así, que llegarás a pensar que es solamente un deseo lo que tú sientes, aunque dudarás en decir qué es precisamente lo que estás deseando.

Tu personalidad quedará totalmente transformada, tu porte irradiará una belleza interior, y mientras lo sientas nada te entristecerá. Correrías mil kilómetros para hablar con otro del que supieras que efectivamente también lo siente, y, sin embargo, al llegar allí, te encontrarías sin palabras. Que otros digan lo que quieran, tu única alegría sería hablar de ello. Tus palabras serán pocas, pero tan fructuosas y tan llenas de fuego que lo poco que dices llenará al mundo de sabiduría (aunque parezca tontería a los que todavía son incapaces de trascender los límites de la razón). Tu silencio será pacífico, tu conversación provechosa y tu oración secreta en las profundidades de tu ser. Tu autoestima será natural y no estará estropeada por el engaño, tu comportamiento con los demás será cortés y tu risa alegre, como quien goza de todo con la alegría de un niño. Con qué ansia amarás el sentarte aparte, sabedor de que otros, que no comparten tu deseo y atracción, sólo te molestarían. Habrá desaparecido todo deseo de leer y escuchar libros, pues tu único deseo será oír hablar de la contemplación.

Así el deseo creciente de contemplación y el gozoso entusiasmo que te embarga cuando oyes o lees sobre ella se dan la mano y se hacen uno. Cuando estas dos señales (una interior y otra exterior) están de acuerdo, puedes confiar en ellas como prueba de que Dios te llama a entrar dentro y a comenzar una vida más intensa de gracia.

18-19

jueves, 30 de marzo de 2017

Sólo Dios es el Agente principal en la contemplación.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV


Consagro este capítulo a refutar la ignorante presunción de ciertas personas que insisten en que el hombre es el agente principal en todo, incluso en la contemplación. Confiando demasiado en su natural sabiduría y en la teología especulativa, afirman que Dios es el que consiente pasivamente, incluso en esta actividad. Pero quiero que entiendas que en lo que respecta a la contemplación, ocurre todo lo contrario. Dios solo es el agente principal aquí, y no quiere actuar en nadie que no haya dado de mano todo ejercicio de su entendimiento natural entretenido en una especulación inteligente.

No obstante, en toda obra buena, el hombre actúa en colaboración con Dios, sirviéndose de su natural ingenio y conocimiento para su mayor bien. Dios es también aquí totalmente activo, pero aplicando, por decirlo así, una medida diferente. Aquí permite la acción del hombre y la asiste a través de los medios secundarios: la luz de la Escritura, la orientación fiable y los dictados del sentido común que incluyen las exigencias del propio estado, de la edad y las circunstancias de la vida. De hecho, en todas las actividades ordinarias el hombre nunca debe seguir una inspiración, aunque sea piadosa o atractiva, hasta no haberla examinado racionalmente a la luz de estos tres testigos.

Es razonable, ciertamente, esperar a que un hombre sea capaz de actuar responsablemente. [...] 

Así, en todas las actividades ordinarias el ingenio natural y los conocimientos del hombre (dirigidos por la Escritura, el buen consejo y el sentido común) toman iniciativas responsables, mientras Dios con su gracia permite y asiste en todos los asuntos pertenecientes al ámbito de la sabiduría humana. Pero en lo que respecta a la contemplación, ha de rechazarse incluso la más refinada sabiduría humana. Pues aquí Dios solo es el agente principal y él solo toma la iniciativa, mientras que el hombre consiente y sufre su acción divina.

Esta es, pues, mi manera de entender las palabras del Evangelio: «Sin mí, no podéis hacer nada». Significan una cosa en todas las actividades ordinarias y otra completamente diferente en la contemplación. Todas las obras activas (agraden a Dios o no) están hechas con Dios, pero su parte consiste, como si dijéramos, en consentirlas y permitirlas. En la obra contemplativa, sin embargo, la iniciativa le pertenece a él solo, y sólo pide que el hombre consienta y sufra su acción. Puedes tomar esto como principio general: «No podemos hacer nada sin él; nada bueno ni nada malo; nada activo ni nada contemplativo».

Antes de dejar este punto, añadiré que Dios está con nosotros también en el pecado, no porque coopere en nuestro pecado, pues no coopera, sino porque nos permite pecar si es que optamos por ello. Sí, nos deja tan libres que podemos ir a la condenación si, al final, optamos por esto en vez de por un sincero arrepentimiento.

En nuestras buenas acciones hace algo más que simplemente permitir nuestra acción. Nos asiste realmente; para gran mérito nuestro si avanzamos, si bien para vergüenza nuestra si retrocedemos. Y por lo que se refiere a la contemplación, él toma la iniciativa completa, primero para despertarnos, y después, como maestro artesano, para trabajar en nosotros conduciéndonos a la más alta perfección, uniéndonos espiritualmente a él en un amor consumado.

Y así, cuando nuestro Señor dice: «Sin mí, no podéis hacer nada», habla a todos, ya que todos en la tierra caen en uno de estos tres grupos: pecadores, activos o contemplativos. En los pecadores está activamente presente, permitiéndoles obrar como quieren; en los activos está presente, permitiendo y asistiendo, y en los contemplativos, como único dueño, despertándolos y conduciéndolos en esta obra divina.

¡Ay! He empleado muchas palabras y he dicho muy poco. Pero quería que entendieras cuándo has de usar tus facultades y cuándo no. Quería que vieras cómo actúa Dios en ti cuando usas tus facultades y cuando no. Creí que esto era importante porque este conocimiento podría prevenirte de caer en ciertas decepciones que de otra manera podrían enredarte. Y ya que está escrito, dejémoslo así, aun cuando no tiene mayor importancia para nuestro tema. 
18

miércoles, 29 de marzo de 2017

A la puerta de la morada del espíritu.- El Libro de la Orientación Particular, Anónimo del siglo XIV

“Porque estrecha es la puerta
 y angosto el camino que lleva a la Vida
y pocos son los que la hallan…”

(Mat 7:14) 

Dime ahora, ¿sigues todavía esperando que tus facultades te ayuden a alcanzar la contemplación? Créeme, ciertamente no ocurrirá así. Las meditaciones imaginativas y especulativas, por sí mismas, nunca te llevarán al amor contemplativo. Por muy extraordinarias, sutiles, hermosas o profundas que sean, y aunque se centren en tus pecados, en la Pasión de Cristo, los gozos de nuestra Señora o de los santos y ángeles del cielo; o en las cualidades, sutilezas y estados de tu ser o del de Dios, son inútiles en la oración contemplativa. Por mi parte prefiero no tener nada más que esa pura y oscura percepción de mi yo de la que te hablé arriba.

Fíjate en que he dicho de mi yo y no de mis actividades. Muchas personas confunden sus actividades con ellos mismos, creyendo que son lo mismo. Pero no es así. El agente es una cosa y sus obras son otra. De la misma manera, Dios, tal como es en sí mismo, es totalmente diferente de sus obras, que son también algo distinto.

Pero, volviendo a mi punto, llegar a la simple conciencia de mi ser es todo lo que deseo, aun cuando ello suponga el peso doloroso del yo y rompa mi corazón con lágrimas, porque sólo experimento mi yo y no a Dios. Prefiero esto con su consiguiente dolor a todos esos sutiles y raros pensamientos e ideas de que el hombre puede hablar o que puede encontrar en los libros, por muy sublimes y agradables que puedan parecer a tu aguda y sofisticada mente. Porque este sufrimiento me inflamará con el deseo amoroso de experimentar a Dios tal cual es.

A pesar de todo, estas meditaciones tienen su lugar y su valor. Un pecador recién convertido y que acaba de comenzar a orar, encontrará en ellas el camino más seguro para el conocimiento espiritual de sí mismo y de Dios. Creo, además, aparte la especial intervención de Dios, que es humanamente imposible para un pecador llegar al reposo pacífico en la experiencia espiritual de sí mismo, hasta no haber ejercitado primero su imaginación y razón en el aprecio de su propio potencial humano, así como en las multiformes obras de Dios, y hasta que no haya aprendido a llorar su pecado y a encontrar su gozo en el bien obrar. Créeme, quien no siga este camino se extraviará. En este caso uno ha de permanecer fuera de la contemplación, ocupado en la meditación discursiva, aun cuando preferiría entrar en el reposo contemplativo que está por encima de ella. Muchos creen erróneamente que han penetrado por la puerta espiritual, cuando, en realidad, siguen todavía fuera. Y lo que es más, permanecerán fuera hasta que no aprendan a buscar la puerta con un amor humilde. Algunos encuentran la puerta y entran antes que otros, no porque posean una entrada especial o un mérito extraordinario, sino simplemente porque el portero les deja entrar.
  
¡Y qué delicioso lugar es esta morada del espíritu! Aquí el mismo Señor no sólo es portero sino también la puerta. Como Dios, es el portero; como hombre, es la puerta. Por eso dice en el Evangelio:

Yo soy la puerta de las ovejas,
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá y encontrará pasto.
El que no entra por la puerta
en el redil de las ovejas,
sino que sube por otro lado,
es un ladrón y un salteador.

En el contexto de todo lo que venimos diciendo sobre la contemplación, puedes entender las palabras de nuestro Señor como sigue: «En cuanto Dios, yo soy el portero todopoderoso y por lo mismo, a mí me pertenece determinar quién puede entrar y cómo. Pero preferí prepararle un camino claro y común al rebaño, abierto a todo aquel que quiera venir. Por eso me revestí de una naturaleza humana ordinaria, poniéndome totalmente a disposición de todos, de manera que nadie pudiera excusarse de venir porque no conociera el camino. En mi humanidad, yo soy la puerta, y quien entra por medio de mí será salvo».

Los que deseen entrar por la puerta comenzarán meditando la Pasión de Cristo y aprenderán a llorar sus pecados personales, que motivaron esa Pasión. Que se reprueben a sí mismos arrepintiéndose sinceramente y se muevan a compasión y piedad por su buen maestro, pues habiéndolo merecido ellos, no han sufrido, mientras que él, no mereciéndolo, sufrió tan lastimosamente. Y que levanten sus corazones a recibir el amor y la bondad de su Dios, que prefirió descender tan bajo como para hacerse hombre mortal. Todo el que hace esto entra por la puerta y será salvo. Sea que entre, contemplando el amor y la bondad de la Divinidad, o que salga, meditando los sufrimientos de su humanidad, encontrará pastos espirituales de devoción en abundancia. Sí, y aunque no avance más en esta vida, tendrá mucha devoción, muchísima, para fomentar la salud de su espíritu y llevarle a la salvación.

Algunos, no obstante, rehusarán entrar por esta puerta, pensando llegar a la perfección por otros medios. Tratarán de atravesar la puerta con toda suerte de sabias especulaciones, entregando sus no refrenadas e indisciplinadas facultades a extrañas y exóticas fantasías, con desprecio de la entrada común abierta a todos, de la que hablé más arriba, así como de la guía segura de un padre espiritual. Tal persona (y no me importa quién sea) no sólo es un ladrón nocturno sino un vagabundo de día. Es un ladrón nocturno, porque opera en la oscuridad del pecado. Lleno de presunción, confía en sus ideas y antojos personales más que en el consejo seguro o en la seguridad de esa senda clara y común que he descrito. Es un vagabundo de día, porque disfrazado de una auténtica vida espiritual roba secretamente y se arroga los signos externos y las expresiones de un verdadero contemplativo, mientras que en su vida interior no produce ninguno de sus frutos. También, ocasionalmente, este joven puede sentir una ligera inclinación hacia la unión con Dios, y, cegado por esto, lo toma como una aprobación de lo que hace. En realidad, cediendo a sus deseos incontrolados y rehusando el consejo, se encuentra en una pendiente peligrosísima. Su peligro es todavía mayor al ambicionar cosas que están muy por encima de él y fuera de la senda ordinaria y clara de la vida cristiana. Ya expliqué esta senda a la luz de las palabras de Cristo, al mostrar el lugar y la necesidad de la meditación. La llamé la puerta de la devoción, y te aseguro que es la entrada más segura para la contemplación en esta vida.

Pero volvamos a nuestro tema, que te concierne a ti personalmente y a cuantos compartan tus disposiciones.  

Dime ahora, si Cristo es la puerta, ¿qué deberá hacer el hombre una vez la ha encontrado? ¿Deberá permanecer allí a la espera sin entrar? Contestando en tu lugar, te digo: sí, esto es exactamente lo que debe hacer. Hace bien en seguir estando a la puerta, pues hasta ahora ha vivido una existencia ruda según la carne, y su espíritu se halla corroído por una gran herrumbre. Es justo que espere a la puerta hasta que su conciencia y su padre espiritual estén de acuerdo en que este orín ha sido totalmente quitado. Pero, sobre todo, ha de aprender a ser sensible al Espíritu que le guía secretamente en lo profundo de su corazón y a esperar hasta que el Espíritu mismo le mueva y le llame desde dentro. Esta secreta invitación del Espíritu de Dios es el signo más inmediato y cierto de que Dios llama y mueve a una persona a una vida más alta de gracia en la contemplación.

Pues puede suceder que un hombre lea u oiga sobre la contemplación y sienta incesantemente en sus devociones ordinarias un suave deseo de unirse más íntimamente a Dios, incluso en esta vida, a través de la obra espiritual sobre la que ha leído u oído. Esto indica, ciertamente, que la gracia le está tocando, pues otros oirán o leerán la misma cosa, permaneciendo totalmente inmóviles, sin experimentar deseo especial alguno por ella en sus devociones ordinarias. Estas personas hacen bien en seguir pacientemente a la puerta, como llamados a la salvación pero no aún a su perfección.

Permítaseme a estas alturas una leve digresión para advertirte (y a cualquiera que pueda leer esto) una cosa en particular. Es algo aplicable en todo caso, pero especialmente aquí, donde hago una distinción entre los llamados a la salvación y los llamados a su perfección. Que te sientas llamado a una u otra carece de importancia. Lo que es importante es que atiendas a tu propia llamada y no discutas o juzgues los designios de Dios en la vida de los otros. No te mezcles en sus asuntos: de a quién mueve y llama, y a quién no; de cuándo llama, si pronto o tarde; o de por qué llama a uno y no a otro. Créeme, si te metes a juzgar todo esto que atañe a otras personas, pronto caerás en el error. Presta atención a lo que digo y trata de captar su impor-tancia. Si te llama, alábale y pídele que puedas responder perfectamente a su gracia. Si no te ha llamado todavía, pídele humildemente que lo haga a su debido tiempo. Pero no te atrevas a decirle lo que ha de hacer. Déjale solo. Es poderoso, sabio y lleno de deseo de hacer lo mejor para ti y para todos los que le aman.

Vive en paz en tu propia vocación. Sea que estés esperando fuera en la meditación o entres dentro por la contemplación, no tienes motivo para quejarte; las dos vocaciones son preciosas. La primera es buena y necesaria para todos, aunque la segunda es mejor. Agárrate a ella, pues, si puedes; o mejor dicho, si la gracia te agarra y escuchas la llamada del Señor. Sí, te hablo con toda verdad al decirte esto. Pues abandonados a nosotros mismos podemos caer en forzar orgullosamente la contemplación, lo cual sólo nos lleva a tropezar al final. Sin él, además, es demasiado esfuerzo perdido. Recuerda lo que dice: «Sin mí no podéis hacer nada». Es como si dijera: «Si no os muevo y atraigo yo primero y vosotros no respondéis consintiendo y sufriendo mi acción, nada de lo que hagáis me agradará por completo». Y ya sabes desde ahora que la obra contemplativa que he descrito, por su misma naturaleza, ha de agradar enteramente a Dios.
14-15-16


sábado, 18 de marzo de 2017

Obrando desde el fondo más íntimo del alma.- Maestro Eckhart (1.260-1.327)


«Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo»; esto no lo debéis interpretar con miras al mundo exterior, cómo comía y bebía con nosotros; tenéis que comprenderlo con respecto al mundo interior. Así como es verdad que el Padre en su naturaleza simple engendra a su Hijo en forma natural, también es verdad que lo engendra en lo más entrañable del espíritu y esto es el mundo interior. Ahí el fondo de Dios es mi fondo, y mi fondo el de Dios. Ahí vivo de lo mío, así como Dios vive de lo suyo. Para quien mirara alguna vez en este fondo, aunque fuera por un solo instante, para ese hombre mil marcos de oro amarillo amonedado valdrían lo mismo que un maravedí falso. Desde este fondo más entrañable has de obrar todas tus obras sin porqué alguno. De cierto digo: Mientras hagas tus obras por el reino de los cielos o por Dios o por tu eterna bienaventuranza, [es decir], desde fuera, realmente andarás mal. Pueden aceptarte tal cual, pero no es lo mejor. Pues de veras, quien se imagina que recibe más de Dios en el ensimismamiento, la devoción, el dulce arrobamiento y en mercedes especiales, que [cuando se halla] cerca de la lumbre o en el establo, hace como si tomara a Dios, le envolviera la cabeza con una capa y lo empujara por debajo de un banco. Pues, quien busca a Dios mediante determinado modo, toma el modo y pierde a Dios que está escondido en el modo. Pero quien busca a Dios sin modo lo aprehende tal como es en sí mismo; y semejante persona vive con el Hijo y Él es la vida misma. Si alguien durante mil años preguntara a la vida: «¿Por qué vives?»… ésta, si fuera capaz de contestar, no diría sino: «Vivo porque vivo». Esto se debe a que la vida vive de su propio fondo y brota de lo suyo; por ello vive sin porqué justamente porque vive para sí misma. Si alguien preguntara entonces a un hombre veraz, uno que obra desde su propio fondo: «¿Por qué obras tus obras?»… él, si contestara bien, no diría sino: «Obro porque obro».

Donde termina la criatura, ahí Dios comienza a ser. Pues bien, lo único que Dios te exige, es que salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, y que permitas a Dios ser Dios dentro de ti. La menor imagen de lo creado, que en algún instante se forma dentro de ti, es tan grande como lo es Dios. ¿Por qué? Porque te impide [tener] un Dios entero. Justamente allí donde entra la imagen, Dios debe retirarse así como toda su divinidad. Mas, donde sale la imagen, allí entra Dios. Él desea tanto que tú salgas de ti mismo, en cuanto a tu índole de criatura, como si de ello dependiera toda su bienaventuranza. Pues bien, mi querido hombre, ¿qué daño te hace si le permites a Dios que sea Dios dentro de ti? Sal completamente de ti mismo por amor de Dios, luego Dios saldrá por completo de sí mismo por amor de ti. Cuando estos dos salen, entonces lo que queda es un Uno simple. En este Uno el Padre engendra a su Hijo dentro del manantial más íntimo. Allí sale floreciendo el Espíritu Santo y allí surge dentro de Dios una voluntad que pertenece al alma. La voluntad es libre mientras no se halla afectada por ninguna criatura y por nada que sea criaturidad. Cristo dice: «Nadie asciende al cielo sino Aquel que ha bajado del cielo» (Juan 3, 13). Todas las cosas fueron creadas de [la] nada; por eso su verdadero origen es [la] nada, y en cuanto esta noble voluntad se inclina hacia las criaturas, en tanto se derrama con ellas en su nada.

Ahora cabe preguntar: Esta noble voluntad ¿se derrama hasta un punto tal que nunca puede volver? Los maestros dicen por regla general que nunca volverá, en cuanto se haya derramado junto con el tiempo. Mas yo digo: Toda vez que esta voluntad se aparte de sí misma y de toda criaturidad, volviendo por un solo instante hacia su primer origen, la voluntad se presentará [otra vez] en su recta índole libre y es libre; y en ese instante se recupera todo el tiempo perdido.

A menudo la gente me dice: ¡Rogad por mí! Entonces pienso: ¿Por qué salís? ¿Por qué no permanecéis dentro de vosotros mismos y echáis mano de vuestro propio bien? Si lleváis dentro de vosotros toda la verdad en su esencia.

¡Que Dios nos ayude a permanecer verdaderamente adentro del modo señalado, [y] a poseer toda la verdad inmediatamente y sin distinción en la verdadera bienaventuranza! Amén.
Sermón Vb

Allí donde nunca entró el tiempo, en donde nunca cayó el brillo de una imagen, en lo más entrañable y lo más elevado del alma, crea Dios todo este mundo. Todo cuanto creó Dios hace seis mil años, cuando hizo el mundo, y todo cuanto Dios habrá de crear luego de mil años -con tal de que el mundo exista durante todo ese tiempo- lo crea Dios en lo más entrañable y lo más elevado del alma. Todo lo pasado y todo lo presente y todo lo futuro, lo crea Dios en lo más entrañable del alma. Todo cuanto obra Dios en todos los santos, lo obra en lo más entrañable del alma. El Padre engendra a su Hijo en lo más entrañable del alma, y te engendra a ti junto con su Hijo unigénito [y] no [en condición] inferior. Si he de ser hijo, tengo que ser hijo dentro del mismo ser en que Él es Hijo y en ningún otro.
Sermón XXX

miércoles, 15 de marzo de 2017

Algunos obstáculos a tratar en el camino espiritual.- Willigis Jäger


Es de suma importancia el trato correcto de los senti­mientos y de los traumas. Muchas personas sufren heridas que arrancan desde la infancia o de la vida en pareja, y no todas son conscientes de ello. Pero, una vez que se sientan en el cojín, los traumas afloran obstinadamente a la super­ficie: miedos y emociones que parecían superados hace tiempo aparecen de repente con una fuerza tremenda. Puede que se activen fenómenos físicos y determinados talentos parapsíquicos, tales como las visiones, la precog­nición y la telepatía. En el peor de los casos puede ocurrir, como dije antes, que se deba dar por terminado el camino espiritual o interrumpirlo. Pero para la mayoría será sufi­ciente con aprender a tratar esos problemas y a reducir su intensidad lentamente, sin rechazarlos.

Siempre que estos fenómenos no requieran un trata­miento terapéutico, la regla básica es no rechazarlos, pero tampoco ocuparse de ellos todo el rato; simplemente tomar nota y volver al ejercicio de oración. Habrá dificul­tades si uno se identifica con ellos, si uno se instala en su resentimiento, su rabia o su depresión, pues entonces ya no será tan fácil desembarazarse de ellos. Por consiguien­te, la manera correcta del ejercicio consiste en coger, por así decir, las emociones y miedos de la mano y mirarlos sin decirles ni sí ni no, para crear una distancia con ellos. Si esto se logra, los problemas que han tenido prisioneras a las personas durante decenios se van resolviendo con el tiempo por sí solos. Por supuesto, estas son tan sólo unas cuantas indicaciones de carácter general.

En lo que respecta a los sentimientos positivos o posibles estados de euforia o felicidad, estas sensaciones se convierten a menudo en un obstáculo mayor que las sen­saciones desalentadoras, porque la tentación de identifi­carse con los sentimientos agradables y quedarse apega­dos a ellos es mucho mayor que con los desagradables. Uno cree haber llegado ya muy lejos y está, por lo tanto, menos dispuesto al desprendimiento. Por ello, el autor de “La nube del no saber” aconseja ocultar ante Dios, duran­te el ejercicio, el anhelo de Dios. Algunos participantes encuentran muchas dificultades al tener que desprenderse también de las ideas religiosas, puesto que en nuestra edu­cación religiosa hemos aprendido a orar cultivando pen­samientos y sentimientos piadosos. En la contemplación, sin embargo, estos pensamientos y sentimientos deben ser tratados igual que los pensamientos y sentimientos profanos.

En lo que respecta a la voluntad, juntamente con nuestro intelecto, memo­ria y sentimientos, constituye nuestra estructura del yo. Pero es precisamente esa estructura del yo la que el discí­pulo tiene que relegar en el camino espiritual para poder desprenderse de ella. El yo acota un trozo de la realidad para ocuparse solamente de ella. El ego se parece a una sola octava del piano. Mientras se sigan pulsando las teclas de esta única octava no se podrán escuchar las notas de las demás octavas. Lo malo de la voluntad reside en su inten­to de convertir las exigencias del camino en asunto suyo: entonces se propondrá expresamente desembarazarse del yo, lo cual es una paradoja perversa pues la voluntad no puede desembarazarse de sí misma. Mientras se quiera avanzar en el camino espiritual no se adelantará nada. Solamente adelantará el que se desprenda de la voluntad, y no el que quiera no querer.

La ola es el mar